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Ha muerto avichi!!!!

  1. #1
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    Ha muerto avichi!!!!


  2. #2
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  3. #3
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    Que @Dios lo tenga en su chorra.

  4. #4
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    Un buen día, conoces a una hembra tras haber disfrutado enormemente de unas cuantas por el sexo vaginal. Pero en esta ocasión, te das cuenta de que aquello no se asemeja a las estrechitas grietas de la cueva tailandesa, sino más bien al agujero por el que quieren que circule el AVE en el Puerto de Pajares. Y no sientes nada. Ni ella, ni tú.

  5. #5
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    Por fin he regresado al cabo de quince días deausencia. Tres hace ya que nuestra gente estáen Roulettenburg. Yo pensaba que me estaríanaguardando con impaciencia, pero me equivoqué.El general tenía un aire muy despreocupado,me habló con altanería y me mandó a ver asu hermana. Era evidente que habían conseguidodinero en alguna parte. Tuve incluso laimpresión de que al general le daba cierta vergüenzamirarme. Marya Filippovna estaba atareadísimay me habló un poco por encima delhombro, pero tomó el dinero, lo contó y escuchótodo mi informe. Esperaban a comer aMezentzov, al francesito y a no sé qué inglés.Como de costumbre, en cuanto había dineroinvitaban a comer, al estilo de Moscú. PolinaAleksandrovna me preguntó al verme por quéhabía tardado tanto; y sin esperar respuestasalió para no sé dónde. Por supuesto, lo hizoadrede. Menester es, sin embargo, que nos expliquemos.Hay mucho que contar.Me asignaron una habitación exigua en elcuarto piso del hotel. Saben que formo partedel séquito del general. Todo hace pensar que selas han arreglado para darse a conocer. Al generalle tienen aquí todos por un acaudaladomagnate ruso. Aun antes de la comida memandó, entre otros encargos, a cambiar dosbilletes de mil francos. Los cambié en la caja delhotel. Ahora, durante ocho días por lo menos,nos tendrán por millonarios. Yo quería sacar depaseo a Misha y Nadya, pero me avisaron desdela escalera que fuera a ver al general, quienhabía tenido a bien enterarse de adónde iba allevarlos. No cabe duda de que este hombre nopuede fijar sus ojos directamente en los míos; élbien quisiera, pero le contesto siempre con unamirada tan sostenida, es decir, tan irrespetuosaque parece azorarse. En -Al liquidar -añadió- hay que convertir losrublos en táleros. Aquí tiene cien táleros ennúmeros redondos. Lo que falta no caerá enolvido.Tomé el dinero en silencio.-Por favor, no se enoje por lo que le digo. Esusted tan quisquilloso... Si le he hecho una observaciónha sido por ponerle sobre aviso, porasí decirlo; a lo que por supuesto tengo algúnderecho...Cuando volvía a casa con los niños antes dela hora de comer, vi pasar toda una cabalgata.Nuestra gente iba a visitar unas ruinas. ¡Doscalesas soberbias y magníficos caballos!Mademoiselle Blanche iba en una de ellas conMarya Filippovna y Polina; el francesito, elinglés y nuestro general iban a caballo. Lostranseúntes se paraban a mirar. Todo ello erade muy buen efecto, sólo que a expensas delgeneral. Calculé que con los cuatro mil francosque yo había traído y con los que ellos, por lovisto, habían conseguido reunir, tenían ahorasiete u ocho mil, cantidad demasiado pequeñapara mademoiselle Blanche.Mademoiselle Blanche, a la que acompaña sumadre, reside también en el hotel. Por aquí andatambién nuestro francesito. La servidumbrele llama monsieur le comte y a mademoiselleBlanche madame la comtesse. Es posible que, enefecto, sean comte y comtesse.Yo bien sabía que monsieur le comte no me reconoceríacuando nos encontráramos a la mesa.Al general, por supuesto, no se le ocurriría presentarnoso, por lo menos, presentarme a mí,puesto que monsieur le comte ha estado en Rusiay sabe lo poquita cosa que es lo que ellos llamanun outchitel, esto es, un tutor. Sin embargo,me conoce muy bien. Confieso que me presentéen la comida sin haber sido invitado; el general,por lo visto, se olvidó de dar instrucciones,porque de otro modo me hubiera mandado deseguro a comer a la mesa redonda. Cuandollegué, pues, el general me miró con extrañeza.La buena de Marya Filippovna me señaló unpuesto a la mesa, pero el encuentro con misterAstley salvó la situación y acabé formando partedel grupo, al menos en apariencia.Tropecé por primera vez con este inglés excéntricoen Prusia, en un ventró se le encendió a él el rostro con todos loscolores del ocaso. Mostró alegría cuando mesenté junto a él a la mesa y, al parecer, me consideraya como amigo entrañable.A la mesa el francesito galleaba más que decostumbre y se mostraba desenvuelto y autoritariocon todos. Recuerdo que ya en Moscúsoltaba pompas de jabón. Habló por los codosde finanzas y de política rusa. De vez en cuandoel general se atrevía a objetar algo, pero discretamente,para no verse privado por enterode su autoridad.Yo estaba de humor extraño y, por supuesto,antes de mediada la comida me hice la preguntausual y sempiterna: «¿Por qué pierdo eltiempo con este general y no le he dado ya esquinazo?».De cuando en cuando lanzaba unamirada a Polina Aleksandrovna, quien ni sedaba cuenta de mi presencia. Ello ocasionó elque yo me desbocara y echara por alto todacortesía.La cosa empezó con que, sin motivo aparente,me entrometí de rondón en la conversaciónajena. Lo que yo quería sobre todo era reñir conel francesito. Me volví hacia el general y en vozalta y precisa, interrumpiéndole por lo visto,dije que ese verano les era absolutamente imposiblea los rusos sentarse a comer a una mesaredonda de hotel. El general me miró conasombro.-Si uno tiene amor propio -proseguí- no puedeevitar los altercados y tiene que aguantar lasafrentas más soeces. En París, en el Rin, inclusoen Suiza, se sientan a la mesa redonda tantospolaquillos y sus simpatizantes franceses queun ruso no halla modo de intervenir en la conversación.Dije esto en francés. El general me miró perplejo,sin saber si debía mostrarse ofendido osólo maravillado de mi desplante.-Bien se ve que alguien le ha dado a usteduna lección -dijo el francesito con descuido ydesdén.-En París, Para empezar, prisa, me senté, claro está, a esperar, saquéL’Opinion Nationale y me puse a leer una sartaterrible de insultos contra Rusia. Mientras tantooí que alguien en la habitación vecina iba a vera Monsignore y vi al clérigo hacerle una reverencia.Le repetí la petición anterior y, con aire aúnmás agrio, me dijo otra vez que esperara. Pocodespués entró otro desconocido, en visita denegocios; un austriaco, por lo visto, que tambiénfue atendido y conducido al piso de arriba.Yo ya no pude contener mi enojo: me levanté,me acerqué al clérigo y le dije con retintín quepuesto que Monsignore recibía, bien podía atendertambién a mi asunto. Al oír esto el clérigodió un paso atrás, sobrecogido de insólito espanto.Sencillamente no podía comprender queun ruso de medio pelo, una nulidad, osaraequipararse a los invitados de Monsignore. En eltono más insolente, como si se deleitara en insultarme,me miró de pies a cabeza y gritó:"¿Pero cree que Monsignore va a dejar de tomarsu café por usted?". Yo también grité, pero másfuerte todavía: " ¡Pues sepa usted que escupoen el café de su Monsignore! ¡Si ahora mismo noarregla usted lo de mi pasaporte, yo mismo voya verle!".»"¡Cómo! ¿Ahora que está el cardenal con él?,exclamó el clérigo, apartándose de mí espantado,lanzándose a la puerta y poniendo los brazosen cruz, como dando a entender que moriríaantes que dejarme pasar.»Yo le contesté entonces que soy un hereje yun bárbaro, que je suis hérétique et barbare, y quea mí me importan un comino todos esos arzobispos,cardenales, monseñores, etc., etc.; en fin,mostré que no cejaba en mi propósito. El clérigome miró con infinita ojeriza, me arrancó elpasaporte de las manos y lo llevó al piso dearriba. Un minuto después estaba visado. Aquíestá. ¿Tiene usted a bien examinarlo? -saqué elpasaporte y enseñé el visado romano.-Usted, sin embargo... -empezó a decir el general.-Lo que le salvó a usted fue declararse bárbaroy hereje -comentó el francesito sonriendo conironía-. Cela n'était pas si bête.-¿Pero es posible que se mire así a nuestroscompatriotas? Se plantan aquí sin atreverse adecir esta boca es mía y dispuestos, por lo visto,a negar que son rusos. A mí, por lo menos, enmi hotel de París empezaron a tratarme conmucha mayor atención cuando les conté lo demi pelotera con el clérigo. Un caballero polaco,gordo él, mi adversario más decidido a la mesaredonda, quedó relegado a segundo plano.Hasta los franceses se reportaron cuando dijeque dos años antes había visto a un individuosobre el que había disparado un soldadofrancés en 1812 sólo para descargar su fusil. Esehombre era entonces un niño de diez años cuyafamilia no había logrado escapar de Mosni.-¡No puede ser! -exclamó el francesito-. ¡Unsoldado francés no dispararía nunca contra unniño!-Y, sin embargo, así fue -repuse-. Esto me locontó un respetable capitán de reserva y yomismo vi en su mejilla la cicatriz que dejó labala.El francés empezó a hablar larga y rápidamente.El general quiso apoyarle, pero yo leaconsejé que leyera, por ejemplo, ciertos trozosde las Notas del general Perovski, que estuvoprisionero de los franceses en 1812. Finalmente,Marya Filippovna habló de algo para dar otrorumbo a la conversación. El general estaba muydescontento conmigo, porque el francés y yocasi habíamos empezado a gritar. Pero a misterAstley, por lo visto, le agradó mucho mi disputacon el francés. Se levantó de la mesa y meinvitó a tomar con él un vaso de vino. A la caídade la tarde, como era menester, logré hablarcon Polina Aleksandrovna un cuarto de hora.Nuestra conversación tuvo lugar durante elpaseo. Todos fuimos al parque del Casino. Polinase sentó en un banco frente a la fuente ydejó a Nadyenka que jugara con otros niños sinalejarse mucho. Yo también solté a Misha juntoa la fuente y por fin quedamos solos.Para empezar tratamos, por supuesto, de negocios.Polina, sin más, se encolerizó cuando leentregué sólo setecientos gulden. Había estadosegura de que, empeñando sus brillantes, lehabría traído de París por lo menos dos mil, sino más.-Necesito dinero -dijo-, y tengo que agenciármelosea como sea. De lo contrario estoyperdida.Yo empecé a preguntarle qué había sucedidodurante mi ausencia.-Nada de particular, salvo dos noticias quellegaron de Petersburgo: primero, que la abuelaestaba muy mal, y dos días después que, por lovisto, estaba agonizando. Esta noticia es de TimofeiPetrovich -agregó Polina-, que es hombrede crédito. Estamos esperando la última noticia,la definitiva.-¿Así es que aquí todos están a la expectativa?-pregunté.-Por supuesto, todos y todo; desde hace medioaño no se espera más que esto.-¿Usted también? -inquirí.~¡Pero si yo no tengo ningún parentesco conella! Yo soy sólo hijastra del general. Ahorabien, sé que seguramente me recordará en sutestamento.-Tengo la impresión de que heredará ustedmucho -dije con énfasis.-Sí, me tenía afecto. ¿Pero por qué tiene ustedesa impresión?-Dígame -respondí yo con una pregunta-, ¿noestá nuestro marqués iniciado en todos los secretosde la familia?-¿Y a usted qué le va en ello? -preguntó Polinamirándome seca y severamente.- ¡Anda, porque si no me equivoco, el generalya ha conseguido que le preste dinero!-Sus sospechas están bien fundadas.-¡Claro! ¿Le daría dinero si no supiera lo de laabuela? ¿Notó usted a la mesa que mencionó ala abuela tres veces y la llamó «la abuelita», lababoulinka? ¡Qué relaciones tan íntimas y amistosas!-Sí, tiene usted razón. Tan pronto como sepaque en el testamento se me deja algo, pide mimano. ¿No es esto lo que quería usted saber?-¿Sólo que pide su mano? Yo creía que ya lahabía pedido hacía tiempo-¡Usted sabe muy bien que no! -dijo Polina,irritada-. ¿Dónde conoció usted a ese inglés?-añadió tras un minuto de silencio.-Ya sabía yo que me preguntaría usted por él.Le relaté mis encuentros anteriores con misterAstley durante el viaje.-Es hombre tímido y enamoradizo y, por supuesto,ya está enamorado de usted.Sí, está enamorado de mí -repuso Polina.-Y, claro, es diez veces más rico que elfrancés. ¿Pero es que el francés tiene de verasalgo? ¿No es eso motivo de duda?-No, no lo es. Tiene un cháteau o algo por elestilo. Ayer, sin ir más lejos, me hablaba el generalde ello, y muy positivamente. Bueno,¿qué? ¿Está usted satisfecho?-Yo que usted me casaría sin más con elinglés.-¿Por qué? -preguntó Polina.-El francés es mejor mozo, pero es un granuja,y el inglés, además de ser honrado, es diez vecesmás rico -dije con brusquedad.-Sí, pero el francés es marqués y más listo-respondió ella con la mayor tranquilidad.-¿De veras?-Como lo oye.A Polina le desagradaban mucho mis preguntas,y eché de ver que quería enfurecerme con eltono y la brutalidad de sus respuestas. Así se lodije al momento.-De veras que me divierte verle tan rabioso.Tiene que pagarme de algún modo el que lepermita hacer preguntas y conjeturas parecidas.-Es que yo, en efecto, me considero con derechoa hacer a usted toda clase de preguntas-respondí con calma-, precisamente porqueestoy dispuesto a pagar por ellas lo que se pida,y porque estimo que mi vida no vale un cominoahora.Polina rompió a reír.-La última vez, en el Schlangenberg, dijo ustedque a la primera palabra mía estaba dispuestoa tirarse de cabeza desde allí, desde unaaltura, según parece, de mil pies. Alguna vezpronunciaré esa palabra, aunque sólo sea paraver cómo paga usted lo que se pida, y puedeestar seguro de que seré inflexible. Me es ustedodioso, justamente porque le he permitido tantascosas, y más odioso aún porque le necesito.Pero mientras le necesite, tendré que ponerle abuen recaudo.Se dispuso a levantarse. Hablaba con irritación.últimamente, cada vez que hablaba conmigo,terminaba el coloquio en una nota deenojo y furia, de verdadera furia.-Permítame preguntarle: ¿qué clase de personaes mademoiselle Blanche? -dije, deseandoque no se fuera sin una explicación.-Usted mismo sabe qué clase de persona esmademoiselle Blanche. No hay por qué añadirnada a lo que se sabe hace tiempo. MademoiselleBlanche será probablemente esposa del general,es decir, si se confirman los rumores sobrela muerte de la abuela, porque mademoiselleBlanche, lo mismo que su madre y que suprimo el marqués, saben muy bien que estamosarruinados.-¿Y el general está perdidamente enamorado?-No se trata de eso ahora. Escuche y tengapresente lo que le digo: tome estos setecientosflorines y vaya a jugar; gáneme cuanto pueda ala ruleta; necesito ahora dinero de la forma quesea.Dicho esto, llamó a Nadyenka y se encaminóal Casino, donde se reunió con el resto de nuestrogrupo. Yo, pensativo y perplejo, tomé por laprimera vereda que vi a la izquierda. La ordende jugar a la ruleta me produjo el efecto de unmazazo en la cabeza. Cosa rara, tenía bastantede qué preocuparme y, sin embargo, aquí estabaahora, metido a analizar mis sentimientoshacia Polina. Cierto era que me había sentidomejor durante estos quince días de ausenciaque ahora, en el día de mi regreso, aunque todavíaen el camino desatinaba como un loco,respingaba como un azogado, y a veces hastaen sueños la veía. Una vez (esto pasó en Suiza),me dormí en el vagón y, por lo visto, empecé ahablar con Polina en voz alta, dando muchoque reír a mis compañeros de viaje. Y ahora,una vez más, me hice la pregunta: ¿la quiero?Y una vez más no supe qué contestar; o, mejordicho, una vez más, por centésima vez, mecontesté que la odiaba. Sí, me era odiosa. Habíamomentos (cabalmente cada vez que terminábamosuna conversación) en que hubiera dadomedia vida por estrangularla. Juro que sihubiera sido posible hundirle un cuchillo bienafilado en el seno, creo que lo hubiera hechocon placer. Y, no obstante, juro por lo más sagradoque si en el Schlangenberg, en esa cumbretan a la moda, me hubiera dicho efectivamente:«¡Tírese!», me hubiera tirado en el acto,y hasta con gusto. Yo lo sabía. De una manera uotra había que resolver aquello. Ella, por suparte, lo comprendía perfectamente, y sólo elpensar que yo me daba cuenta justa y cabal desu inaccesibilidad para mí, de la imposibilidadde convertir mis fantasías en realidades, sólo elpensarlo, estaba seguro, le producía extraordinariodeleite; de lo contrario, ¿cómo podría, tandiscreta e inteligente como es, permitirse talesintimidades y revelaciones conmigo? Se meantoja que hasta entonces me había miradocomo aquella emperatriz de la antigüedad quese desnudaba en presencia de un esclavo suyo,considerando que no era hombre. Sí, muchasveces me consideraba como sí no fuese hombre...Pero, en fin, había recibido su encargo: ganara la ruleta de la manera que fuese. No teníatiempo para pensar con qué fin y con cuántarapidez era menester ganar y qué nuevas combinacionessurgían en aquella cabeza siempreentregada al cálculo. Además, en los últimosquince días habían entrado en juego nuevosfactores, de los cuales aún no tenía idea. Erapreciso averiguar todo ello, adentrarse en muchascuestiones y cuanto antes mejor. Pero demomento no había tiempo. Tenía que ir a laruleta.

  6. #6
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    Cita Iniciado por Dyson Ver mensaje
    Por fin he regresado al cabo de quince días deausencia. Tres hace ya que nuestra gente estáen Roulettenburg. Yo pensaba que me estaríanaguardando con impaciencia, pero me equivoqué.El general tenía un aire muy despreocupado,me habló con altanería y me mandó a ver asu hermana. Era evidente que habían conseguidodinero en alguna parte. Tuve incluso laimpresión de que al general le daba cierta vergüenzamirarme. Marya Filippovna estaba atareadísimay me habló un poco por encima delhombro, pero tomó el dinero, lo contó y escuchótodo mi informe. Esperaban a comer aMezentzov, al francesito y a no sé qué inglés.Como de costumbre, en cuanto había dineroinvitaban a comer, al estilo de Moscú. PolinaAleksandrovna me preguntó al verme por quéhabía tardado tanto; y sin esperar respuestasalió para no sé dónde. Por supuesto, lo hizoadrede. Menester es, sin embargo, que nos expliquemos.Hay mucho que contar.Me asignaron una habitación exigua en elcuarto piso del hotel. Saben que formo partedel séquito del general. Todo hace pensar que selas han arreglado para darse a conocer. Al generalle tienen aquí todos por un acaudaladomagnate ruso. Aun antes de la comida memandó, entre otros encargos, a cambiar dosbilletes de mil francos. Los cambié en la caja delhotel. Ahora, durante ocho días por lo menos,nos tendrán por millonarios. Yo quería sacar depaseo a Misha y Nadya, pero me avisaron desdela escalera que fuera a ver al general, quienhabía tenido a bien enterarse de adónde iba allevarlos. No cabe duda de que este hombre nopuede fijar sus ojos directamente en los míos; élbien quisiera, pero le contesto siempre con unamirada tan sostenida, es decir, tan irrespetuosaque parece azorarse. En -Al liquidar -añadió- hay que convertir losrublos en táleros. Aquí tiene cien táleros ennúmeros redondos. Lo que falta no caerá enolvido.Tomé el dinero en silencio.-Por favor, no se enoje por lo que le digo. Esusted tan quisquilloso... Si le he hecho una observaciónha sido por ponerle sobre aviso, porasí decirlo; a lo que por supuesto tengo algúnderecho...Cuando volvía a casa con los niños antes dela hora de comer, vi pasar toda una cabalgata.Nuestra gente iba a visitar unas ruinas. ¡Doscalesas soberbias y magníficos caballos!Mademoiselle Blanche iba en una de ellas conMarya Filippovna y Polina; el francesito, elinglés y nuestro general iban a caballo. Lostranseúntes se paraban a mirar. Todo ello erade muy buen efecto, sólo que a expensas delgeneral. Calculé que con los cuatro mil francosque yo había traído y con los que ellos, por lovisto, habían conseguido reunir, tenían ahorasiete u ocho mil, cantidad demasiado pequeñapara mademoiselle Blanche.Mademoiselle Blanche, a la que acompaña sumadre, reside también en el hotel. Por aquí andatambién nuestro francesito. La servidumbrele llama monsieur le comte y a mademoiselleBlanche madame la comtesse. Es posible que, enefecto, sean comte y comtesse.Yo bien sabía que monsieur le comte no me reconoceríacuando nos encontráramos a la mesa.Al general, por supuesto, no se le ocurriría presentarnoso, por lo menos, presentarme a mí,puesto que monsieur le comte ha estado en Rusiay sabe lo poquita cosa que es lo que ellos llamanun outchitel, esto es, un tutor. Sin embargo,me conoce muy bien. Confieso que me presentéen la comida sin haber sido invitado; el general,por lo visto, se olvidó de dar instrucciones,porque de otro modo me hubiera mandado deseguro a comer a la mesa redonda. Cuandollegué, pues, el general me miró con extrañeza.La buena de Marya Filippovna me señaló unpuesto a la mesa, pero el encuentro con misterAstley salvó la situación y acabé formando partedel grupo, al menos en apariencia.Tropecé por primera vez con este inglés excéntricoen Prusia, en un ventró se le encendió a él el rostro con todos loscolores del ocaso. Mostró alegría cuando mesenté junto a él a la mesa y, al parecer, me consideraya como amigo entrañable.A la mesa el francesito galleaba más que decostumbre y se mostraba desenvuelto y autoritariocon todos. Recuerdo que ya en Moscúsoltaba pompas de jabón. Habló por los codosde finanzas y de política rusa. De vez en cuandoel general se atrevía a objetar algo, pero discretamente,para no verse privado por enterode su autoridad.Yo estaba de humor extraño y, por supuesto,antes de mediada la comida me hice la preguntausual y sempiterna: «¿Por qué pierdo eltiempo con este general y no le he dado ya esquinazo?».De cuando en cuando lanzaba unamirada a Polina Aleksandrovna, quien ni sedaba cuenta de mi presencia. Ello ocasionó elque yo me desbocara y echara por alto todacortesía.La cosa empezó con que, sin motivo aparente,me entrometí de rondón en la conversaciónajena. Lo que yo quería sobre todo era reñir conel francesito. Me volví hacia el general y en vozalta y precisa, interrumpiéndole por lo visto,dije que ese verano les era absolutamente imposiblea los rusos sentarse a comer a una mesaredonda de hotel. El general me miró conasombro.-Si uno tiene amor propio -proseguí- no puedeevitar los altercados y tiene que aguantar lasafrentas más soeces. En París, en el Rin, inclusoen Suiza, se sientan a la mesa redonda tantospolaquillos y sus simpatizantes franceses queun ruso no halla modo de intervenir en la conversación.Dije esto en francés. El general me miró perplejo,sin saber si debía mostrarse ofendido osólo maravillado de mi desplante.-Bien se ve que alguien le ha dado a usteduna lección -dijo el francesito con descuido ydesdén.-En París, Para empezar, prisa, me senté, claro está, a esperar, saquéL’Opinion Nationale y me puse a leer una sartaterrible de insultos contra Rusia. Mientras tantooí que alguien en la habitación vecina iba a vera Monsignore y vi al clérigo hacerle una reverencia.Le repetí la petición anterior y, con aire aúnmás agrio, me dijo otra vez que esperara. Pocodespués entró otro desconocido, en visita denegocios; un austriaco, por lo visto, que tambiénfue atendido y conducido al piso de arriba.Yo ya no pude contener mi enojo: me levanté,me acerqué al clérigo y le dije con retintín quepuesto que Monsignore recibía, bien podía atendertambién a mi asunto. Al oír esto el clérigodió un paso atrás, sobrecogido de insólito espanto.Sencillamente no podía comprender queun ruso de medio pelo, una nulidad, osaraequipararse a los invitados de Monsignore. En eltono más insolente, como si se deleitara en insultarme,me miró de pies a cabeza y gritó:"¿Pero cree que Monsignore va a dejar de tomarsu café por usted?". Yo también grité, pero másfuerte todavía: " ¡Pues sepa usted que escupoen el café de su Monsignore! ¡Si ahora mismo noarregla usted lo de mi pasaporte, yo mismo voya verle!".»"¡Cómo! ¿Ahora que está el cardenal con él?,exclamó el clérigo, apartándose de mí espantado,lanzándose a la puerta y poniendo los brazosen cruz, como dando a entender que moriríaantes que dejarme pasar.»Yo le contesté entonces que soy un hereje yun bárbaro, que je suis hérétique et barbare, y quea mí me importan un comino todos esos arzobispos,cardenales, monseñores, etc., etc.; en fin,mostré que no cejaba en mi propósito. El clérigome miró con infinita ojeriza, me arrancó elpasaporte de las manos y lo llevó al piso dearriba. Un minuto después estaba visado. Aquíestá. ¿Tiene usted a bien examinarlo? -saqué elpasaporte y enseñé el visado romano.-Usted, sin embargo... -empezó a decir el general.-Lo que le salvó a usted fue declararse bárbaroy hereje -comentó el francesito sonriendo conironía-. Cela n'était pas si bête.-¿Pero es posible que se mire así a nuestroscompatriotas? Se plantan aquí sin atreverse adecir esta boca es mía y dispuestos, por lo visto,a negar que son rusos. A mí, por lo menos, enmi hotel de París empezaron a tratarme conmucha mayor atención cuando les conté lo demi pelotera con el clérigo. Un caballero polaco,gordo él, mi adversario más decidido a la mesaredonda, quedó relegado a segundo plano.Hasta los franceses se reportaron cuando dijeque dos años antes había visto a un individuosobre el que había disparado un soldadofrancés en 1812 sólo para descargar su fusil. Esehombre era entonces un niño de diez años cuyafamilia no había logrado escapar de Mosni.-¡No puede ser! -exclamó el francesito-. ¡Unsoldado francés no dispararía nunca contra unniño!-Y, sin embargo, así fue -repuse-. Esto me locontó un respetable capitán de reserva y yomismo vi en su mejilla la cicatriz que dejó labala.El francés empezó a hablar larga y rápidamente.El general quiso apoyarle, pero yo leaconsejé que leyera, por ejemplo, ciertos trozosde las Notas del general Perovski, que estuvoprisionero de los franceses en 1812. Finalmente,Marya Filippovna habló de algo para dar otrorumbo a la conversación. El general estaba muydescontento conmigo, porque el francés y yocasi habíamos empezado a gritar. Pero a misterAstley, por lo visto, le agradó mucho mi disputacon el francés. Se levantó de la mesa y meinvitó a tomar con él un vaso de vino. A la caídade la tarde, como era menester, logré hablarcon Polina Aleksandrovna un cuarto de hora.Nuestra conversación tuvo lugar durante elpaseo. Todos fuimos al parque del Casino. Polinase sentó en un banco frente a la fuente ydejó a Nadyenka que jugara con otros niños sinalejarse mucho. Yo también solté a Misha juntoa la fuente y por fin quedamos solos.Para empezar tratamos, por supuesto, de negocios.Polina, sin más, se encolerizó cuando leentregué sólo setecientos gulden. Había estadosegura de que, empeñando sus brillantes, lehabría traído de París por lo menos dos mil, sino más.-Necesito dinero -dijo-, y tengo que agenciármelosea como sea. De lo contrario estoyperdida.Yo empecé a preguntarle qué había sucedidodurante mi ausencia.-Nada de particular, salvo dos noticias quellegaron de Petersburgo: primero, que la abuelaestaba muy mal, y dos días después que, por lovisto, estaba agonizando. Esta noticia es de TimofeiPetrovich -agregó Polina-, que es hombrede crédito. Estamos esperando la última noticia,la definitiva.-¿Así es que aquí todos están a la expectativa?-pregunté.-Por supuesto, todos y todo; desde hace medioaño no se espera más que esto.-¿Usted también? -inquirí.~¡Pero si yo no tengo ningún parentesco conella! Yo soy sólo hijastra del general. Ahorabien, sé que seguramente me recordará en sutestamento.-Tengo la impresión de que heredará ustedmucho -dije con énfasis.-Sí, me tenía afecto. ¿Pero por qué tiene ustedesa impresión?-Dígame -respondí yo con una pregunta-, ¿noestá nuestro marqués iniciado en todos los secretosde la familia?-¿Y a usted qué le va en ello? -preguntó Polinamirándome seca y severamente.- ¡Anda, porque si no me equivoco, el generalya ha conseguido que le preste dinero!-Sus sospechas están bien fundadas.-¡Claro! ¿Le daría dinero si no supiera lo de laabuela? ¿Notó usted a la mesa que mencionó ala abuela tres veces y la llamó «la abuelita», lababoulinka? ¡Qué relaciones tan íntimas y amistosas!-Sí, tiene usted razón. Tan pronto como sepaque en el testamento se me deja algo, pide mimano. ¿No es esto lo que quería usted saber?-¿Sólo que pide su mano? Yo creía que ya lahabía pedido hacía tiempo-¡Usted sabe muy bien que no! -dijo Polina,irritada-. ¿Dónde conoció usted a ese inglés?-añadió tras un minuto de silencio.-Ya sabía yo que me preguntaría usted por él.Le relaté mis encuentros anteriores con misterAstley durante el viaje.-Es hombre tímido y enamoradizo y, por supuesto,ya está enamorado de usted.Sí, está enamorado de mí -repuso Polina.-Y, claro, es diez veces más rico que elfrancés. ¿Pero es que el francés tiene de verasalgo? ¿No es eso motivo de duda?-No, no lo es. Tiene un cháteau o algo por elestilo. Ayer, sin ir más lejos, me hablaba el generalde ello, y muy positivamente. Bueno,¿qué? ¿Está usted satisfecho?-Yo que usted me casaría sin más con elinglés.-¿Por qué? -preguntó Polina.-El francés es mejor mozo, pero es un granuja,y el inglés, además de ser honrado, es diez vecesmás rico -dije con brusquedad.-Sí, pero el francés es marqués y más listo-respondió ella con la mayor tranquilidad.-¿De veras?-Como lo oye.A Polina le desagradaban mucho mis preguntas,y eché de ver que quería enfurecerme con eltono y la brutalidad de sus respuestas. Así se lodije al momento.-De veras que me divierte verle tan rabioso.Tiene que pagarme de algún modo el que lepermita hacer preguntas y conjeturas parecidas.-Es que yo, en efecto, me considero con derechoa hacer a usted toda clase de preguntas-respondí con calma-, precisamente porqueestoy dispuesto a pagar por ellas lo que se pida,y porque estimo que mi vida no vale un cominoahora.Polina rompió a reír.-La última vez, en el Schlangenberg, dijo ustedque a la primera palabra mía estaba dispuestoa tirarse de cabeza desde allí, desde unaaltura, según parece, de mil pies. Alguna vezpronunciaré esa palabra, aunque sólo sea paraver cómo paga usted lo que se pida, y puedeestar seguro de que seré inflexible. Me es ustedodioso, justamente porque le he permitido tantascosas, y más odioso aún porque le necesito.Pero mientras le necesite, tendré que ponerle abuen recaudo.Se dispuso a levantarse. Hablaba con irritación.últimamente, cada vez que hablaba conmigo,terminaba el coloquio en una nota deenojo y furia, de verdadera furia.-Permítame preguntarle: ¿qué clase de personaes mademoiselle Blanche? -dije, deseandoque no se fuera sin una explicación.-Usted mismo sabe qué clase de persona esmademoiselle Blanche. No hay por qué añadirnada a lo que se sabe hace tiempo. MademoiselleBlanche será probablemente esposa del general,es decir, si se confirman los rumores sobrela muerte de la abuela, porque mademoiselleBlanche, lo mismo que su madre y que suprimo el marqués, saben muy bien que estamosarruinados.-¿Y el general está perdidamente enamorado?-No se trata de eso ahora. Escuche y tengapresente lo que le digo: tome estos setecientosflorines y vaya a jugar; gáneme cuanto pueda ala ruleta; necesito ahora dinero de la forma quesea.Dicho esto, llamó a Nadyenka y se encaminóal Casino, donde se reunió con el resto de nuestrogrupo. Yo, pensativo y perplejo, tomé por laprimera vereda que vi a la izquierda. La ordende jugar a la ruleta me produjo el efecto de unmazazo en la cabeza. Cosa rara, tenía bastantede qué preocuparme y, sin embargo, aquí estabaahora, metido a analizar mis sentimientoshacia Polina. Cierto era que me había sentidomejor durante estos quince días de ausenciaque ahora, en el día de mi regreso, aunque todavíaen el camino desatinaba como un loco,respingaba como un azogado, y a veces hastaen sueños la veía. Una vez (esto pasó en Suiza),me dormí en el vagón y, por lo visto, empecé ahablar con Polina en voz alta, dando muchoque reír a mis compañeros de viaje. Y ahora,una vez más, me hice la pregunta: ¿la quiero?Y una vez más no supe qué contestar; o, mejordicho, una vez más, por centésima vez, mecontesté que la odiaba. Sí, me era odiosa. Habíamomentos (cabalmente cada vez que terminábamosuna conversación) en que hubiera dadomedia vida por estrangularla. Juro que sihubiera sido posible hundirle un cuchillo bienafilado en el seno, creo que lo hubiera hechocon placer. Y, no obstante, juro por lo más sagradoque si en el Schlangenberg, en esa cumbretan a la moda, me hubiera dicho efectivamente:«¡Tírese!», me hubiera tirado en el acto,y hasta con gusto. Yo lo sabía. De una manera uotra había que resolver aquello. Ella, por suparte, lo comprendía perfectamente, y sólo elpensar que yo me daba cuenta justa y cabal desu inaccesibilidad para mí, de la imposibilidadde convertir mis fantasías en realidades, sólo elpensarlo, estaba seguro, le producía extraordinariodeleite; de lo contrario, ¿cómo podría, tandiscreta e inteligente como es, permitirse talesintimidades y revelaciones conmigo? Se meantoja que hasta entonces me había miradocomo aquella emperatriz de la antigüedad quese desnudaba en presencia de un esclavo suyo,considerando que no era hombre. Sí, muchasveces me consideraba como sí no fuese hombre...Pero, en fin, había recibido su encargo: ganara la ruleta de la manera que fuese. No teníatiempo para pensar con qué fin y con cuántarapidez era menester ganar y qué nuevas combinacionessurgían en aquella cabeza siempreentregada al cálculo. Además, en los últimosquince días habían entrado en juego nuevosfactores, de los cuales aún no tenía idea. Erapreciso averiguar todo ello, adentrarse en muchascuestiones y cuanto antes mejor. Pero demomento no había tiempo. Tenía que ir a laruleta.
    No te falta razón, no te sobra razón

  7. #7
    ForoParalelo: Miembro Avatar de battousai1300
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    Que @Dios lo tenga en su chorra.
    Quiero que notes… como te la meto. ¿Notas cómo te entra? ¿Notas cómo te entra hasta el fondo? ¿Notas cómo… te la saco, te la meto, te la vuelvo a sacar, te la vuelvo a meter… cómo te chupo las tetas, cómo te como la boca? ¿Has visto cómo te cojo a 4 patitas y te la meto hasta el fondo? Ufff…. Cómo está mi polla de dura dentro de ti. ¿Has visto qué polla más dura?¿Notas cómo te entra? ¿Notas cómo te entra hasta el fondo? Cómo te la saco, cómo te la meto, te la vuelvo a sacar, te la vuelvo a meter … Ay, qué rico, qué riiiico. Toma más, toma más mi vida, toma, te la saco, te la meto, te la vuelvo a sacar, te la vuelvo a meter…


  8. #8
    ForoParalelo: Miembro Avatar de Lobitaloquita
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