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Arte La lección de equitaciónde Velázquez Y El príncipe Baltasar Carlos con un enano

  1. #1
    ForoParalelo: Miembro Avatar de Dra Jujojejeja
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    21 oct, 18
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    La lección de equitaciónde Velázquez Y El príncipe Baltasar Carlos con un enano





    Por qué me fascina tanto en este cuadro? ¿Qué me impulsa a hablar de él antes que de otros que sufren también el exilio del Museo del Prado y podrían juzgarse de forma razonable más relevantes, más significativos o más valiosos? Los motivos son múltiples. Comienzo a enumerarlos y los dedos de la mano enseguida se me hacen escasos. En primer lugar, aunque más que fascinación en este cao es rabia, me resulta sorprendente, al tiempo que doloroso, el periplo que siguió para llegar hasta su actual exilio, aunque es una historia compartida y ya la he contado, grosso modo, porque es muy parecida, cuando hablé de “El matrimonio Arnolfini” de Jan van Eyck. Una historia en la que se mezclan la avidez sin medida de los ejércitos invasores con la estupidez de un rey y que he de rememorar muy a mi pesar demasiado a menudo mientras me documento para escribir esta serie que he titulado “El Prado en el exilio”. Pero hay más motivos, menos cargados de ira. Por de pronto Velázquez. Siempre es una alegría retornar a su mundo. Es como hacerlo al hogar. Aunque suene rimbombante, soy de la opinión de que en “Las Meninas” se esconde una verdad trascendental, no solo sobre el Arte sino también sobre nosotros mismos, y cualquier nuevo aporte o retal de información que ayude a atisbarla en la superficie del cuadro es siempre bienvenido. Una verdad que seguramente sería evidente a cualquier mirada mínimamente entrenada y avisada, pero que elude a la nuestra porque hace tiempo que perdimos la capacidad de ver con claridad el universo pictórico. En los alrededores de la ciudad de Vitoria, en el campo embarrado donde encallaron los carromatos del equipaje del rey José, se perdieron muchas trazas de lo que podríamos denominar el contexto de “Las Meninas”: “El matrimonio Arnolfini”, ya mencionado; El retrato de “José Nieto”, el hombre que abre la puerta al fondo del cuadro; Este mismo cuadro del que ahora pretendo hablar, que viene a ser como el reverso de la obra cumbre de Velázquez. En algún lugar leí una vez, en la reseña de alguna exposición supongo, que el ala donde tiene lugar la lección de quitación y que retrata el pintor sevillano es justamente el exterior del cuarto del príncipe Baltasar Carlos. No sé si es otra broma más perpetrada por mi memoria -o desmemoria- y mi imaginación en entente cordial porque he sido incapaz de recuperar el texto donde lo leyera, pero tiene sentido. ¿Dónde mejor que al lado de sus aposentos podría realizarse la lección de equitación del heredero? Sabemos que a su muerte Velázquez heredó el dormitorio del príncipe para armar su taller. Es un dato contrastado. Sabemos asimismo que le unía un enorme afecto con el efigiado, al que retrató a lo largo de su vida numerosas veces. Este cuadro que pintara Velázquez unos 20 años antes que “Las Meninas” podría ser su reverso, o su anverso. El balcón al que se asoman los reyes para ver cómo se desenvuelve su hijo durante la lección, podría ser lo que hay al otro lado de las ventanas que iluminan la cara de la infanta Margarita. ¿No sería fascinante? A mí al menos así me lo parece. Una de las varias explicaciones ensayadas para “Las Meninas” es que podría tratarse de una confirmación implícita de la infanta Margarita como la nueva heredera de la corona. Luego nacería Felipe III y el cuadro perdería este significado en particular, si es que alguna vez lo tuvo. De igual modo, “La lección de equitación” podría ser una forma de explicarle a quien le estuviera permitido mirarla, que el príncipe Baltasar Carlos era el legítimo heredero al trono, no solo ya por su linaje sino también por atesorar las cualidades necesarias para el mando, que quedarían perfectamente reflejadas en su apostura y gallardía encima del caballo. De que el príncipe era un chico hermoso cargado de cualidades no nos cabe la menor duda si contemplamos la serie de retratos que le hizo Velázquez a lo largo de su vida, él que no era dado a la adulación, al menos cuando pintaba, que mostraba exactamente lo que veía su ojo, incluyendo la fealdad o las tinieblas que albergaran el alma de aquel a quien estuviera retratando, y aun y con eso, sin hacer ofensa alguna, desde el respeto absoluto, sin vulnerar su intimidad, su derecho a guardar dentro de sí el secreto. En este contexto “La lección de equitación” es otra muestra más de ese afecto que Velázquez sentía por el heredero. Nada quedó escrito acerca del posible amor que Velázquez sintió por sus propios hijos. Su obra pictórica es una prueba fehaciente y continuada del que sintió por el de Felipe IV y su familia. Pero hay una razón más. “La lección de equitación” no es un cuadro muy conocido dentro de la producción de su autor. No suele salir además de Inglaterra. Es carne de cañón de monografías, en todo caso, y rara vez acude a alguna exposición en el extranjero. El impacto que me ocasionó cuando supe de él fue enorme. El universo velazqueño, aunque intenso, no es muy extenso y cualquier nuevo astro en su firmamento llama poderosamente mi atención. Además, este brilla con luz propia, al tiempo que lo hace también con luz refleja, si se me permite la expresión, luz captada de “Las Meninas”. Por último, aunque no menos importante, quizá lo más vital para lo que nos importa: Se trata de la última obra de gran formato en manos privadas que existe de Velázquez. Un retorno del exilio sería remotamente posible. Todo lo anterior dicho de una tacada, sin cambiar de párrafo, casi conteniendo la respiración.

    Aunque puede sonar cruel, tiene razón Car Justi (“Velázquez y su siglo”. Editorial Espasa Calpe, 1999) cuando afirma que el príncipe Baltasar es una de esas figuras históricas que sólo el arte ha salvado del olvido. Fruto del primer matrimonio de Felipe IV con Isabel de Borbón, murió en plena adolescencia, si bien tuvo el privilegio de ser retratado a lo largo de su corta vida en numerosas ocasiones por Velázquez. Nació cuando el pintor estaba aún en Roma, y la necesidad de ser retratado de forma oficial por el único artista que estaba habilitado para tal fin fue una de las razones esgrimidas para exigir su vuelta. Hasta el momento la reina solo había parido niñas, que además no habían sobrevivido. Por eso la alegría del rey era exultante, y por doble motivo: un heredero varón y en apariencia robusto y sano. Carl Justi refiere una anécdota, narrada por el embajador de la corte imperial austriaca en Madrid, Khavenhüller, sobre la felicidad de Felipe IV: “El rey, se ha mostrado tan contento y alegre que ha hecho abrir las puertas para que pudiera entrar todo el mundo, hasta los portadores de sillas de mano y los marmitones [pinches de cocina], en los aposentos más íntimos de Su Majestad, para que le diesen los parabién, y ha permitido que todos le besen la mano”. El propio Justi remata y apostilla la anécdota de su propia cosecha de una forma muy pintoresca: “Un cocinero se presentó con la cara grasienta y el cucharón debajo del brazo y gritó: «¡Alegría, Filipete!»”.

    El príncipe Baltasar Carlos nació en 1629. Es cierto que su vida apenas trascendió a los libros de historia. No le dio tiempo a acumular méritos, ya que murió siendo apenas un mozalbete, con 16 años de edad. Velázquez no regresa a Madrid hasta el mes de enero 1631. Se presenta ante el rey Felipe IV para besarle la mano, agradecerle el que no se hubiera dejado retratar por ningún otro pintor y para hacerse cargo del encargo recibido. De pocas semanas después es quizá la ejecución del primer retrato conocido de Velázquez del príncipe Baltasar Carlos, hoy en el Museo de Bellas Artes de Boston, el impresionante “Don Baltasar Carlos y un enano”. Con un año y cuatro meses de edad, el heredero de corona es objeto de un homenaje en marzo de 1631 por parte de la nobleza, el clero y las corporaciones castellanas en la Iglesia de San Jerónimo del Prado de Madrid. Allí permaneció encerrado durante cuatro horas, nos informa Justi, sentado en una sillita, derecho y firme, sin perder nunca la compostura, sin llorar, sin dormirse, en definitiva, sin adoptar actitudes impropias de una ocasión tan solemne pero, por otra parte, que serían de esperar, al menos de forma esporádica, en un niño de apenas tres años.



    El príncipe Baltasar Carlos con un enano” (Museum of Fine Arts, Boston)

    A Justi el retrato le parece un capricho pueril de los padres, del que se hace cómplice el pintor. Así lo describe el erudito alemán:
    “Está en pie, un tanto retirado, vestido con un atuendo infantil largo, cónico, verde oscuro, bordado de oro. Una cabecita rubia con cabellos y aplastados, ligeramente rizados en las sienes; la cara está en plena luz; solo los ojos oscuros, que tenía de su madre, dan un poco de fuerza y vida a su delicada redondez, aunque no hay aun en ellos una verdadera mirada. Este embrión de rostro humano descansa en un cuello de puntillas y luego el comienzo de una armadura, y en el lugar del babero, un peto de acero. Descansa la siniestra en una espada infantil y tiene en la diestra un bastón de mando con gesto de heredero del trono, aunque, por el momento, le sirve más bien de sostén; su primera empresa real era tenerse en pie con bizarría.
    Este muñeco rubio flota en un mar de magnífico rojo real. En lo alto cortina púrpura; detrás, al nota más oscura del tapete, tapiz escarlata con flores negras; hay, además, cojines rojos para el sombrero de terciopelo, con cintillo de tela de oro y blancas plumas de avestruz. No lleva sobre sí otra cosa roja fuera de la banda.
    Dos pasos ante él marcha un enano vestido de verde oscuro con una especie de delantal blanco. Anima a su señor a que el siga con un cascabel de plata, que arbora como un caduceo, y con una manzana. Ha sido tomado en el instante en que volvía su cabezota hacia atrás, pues Su Alteza se ha detenido para escuchar; en todo caso. Mantiene su apática dignidad frente a la seducción de la música aquella. Este perro doméstico con faz humana tiene una cabeza de niño degenerado, con frente prominente, ojos saltones, nariz chata y labios abultados. Sombras oscuras le dan un fuerte relieve. Tal era el gusto de elegir compañeros de la misma edad. Cuando el matrimonio Olivares le llevaba a sus jardines, buscaba para divertirle chiquillos de la calle”.
    Se trata, sin embargo, de un retrato de profundo significado. El príncipe, a pesar de ser apenas un retaco, muy guapo, eso sí, se presenta con todo el boato y la parafernalia propia de un heredero de la corona. Aparece vestido con peto de acero damasquinado y adornado con la banda púrpura características de los tercios españoles. Tiene la mano izquierda apoyada en el pomo de una espada diminuta, acorde a su tamaño, mientras en la derecha porta la bengala o bastón de mando. El sombrero que descansa sobre el cojín de terciopelo, con detalles de pasamanería en oro, situado en primer término y a la derecha, le identifica como general en jefe de los ejércitos. A la derecha y en un primer plano, ocupando un lugar destacado dentro de la composición, aparece un enano con rasgos infantiles, que en contraste con el hieratismo del príncipe, muestra una actitud más natural y transmite movimiento. El enano luce una golilla almidonada sobre la que es visible un collar de cuentas negras. En forma de bandolera, a imitación de la banda militar del príncipe, luce un cinto de piedras que cruza su pecho. Parece la caricatura de Baltasar Carlos, su contrapunto, convocado a la escena para resaltar por contraste las virtudes del heredero, tanto en lo físico como en lo moral.

    En el siglo XIX el cuadro adornaba Castle Howard, donde se considerada un retrato de un príncipe de Parma de mano de Correggio. Se ha querido identificar al enano con el vizcaíno Francisco Lezcano, el “Niño de Vallecas”, persona de placer muy ligada a Baltasar Carlos, pero las fechas no cuadran ya que se cree que no entró al servicio del príncipe hasta dos años después de la supuesta fecha del cuadro, es decir, hasta 1634. En todo caso, muestra rasgos infantiles y podría tratarse de un compañero de juegos habitual. Porta en una mano un sonajero, que imaginamos generará música al compás de su caminar, y en la otra una manzana, símbolo del orbe mundial, sobre el que reina en ese momento el rey Planeta, esto es, Felipe IV, y algún día lo hará su heredero, Baltasar Carlos. El enano parece querer tentar al príncipe para que le siga, para que se sume a su desfile de broma, pero éste se muestra impasible, hierático, como si fuera una estatua viviente. Parece la efigie de un sello. Ni siquiera le dedica una mirada a su compañero de fatigas, haciendo gala de un enorme dominio de sí, ya que lo lógico es que un niño quiera sumarse a la algarabía y persiga la música allá donde la escuche.
    Solo perdura lo que percola en la piel y arraiga en el hueso

  2. #2
    Tu fracaso es mi sonrisa Avatar de doctsuba
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    podías practicar el arte de crear párrafos hijo de la grandisima puta

  3. #3
    ForoParalelo: Miembro Avatar de Dra Jujojejeja
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    Cita Iniciado por doctsuba Ver mensaje
    podías practicar el arte de crear párrafos hijo de la grandisima puta
    El gañán –en puridad un peón de labranza–, el cazurro, aquel recién llegado a la ciudad que aún no se ha quitado el pelo de la dehesa, son el hazmerreír de todas las comedias de costumbres. Sus primos hermanos son el palurdo, el papamoscas o el papanatas, que deambulan asombrados –ojipláticos y boquiabiertos– por las novedades de la metrópoli y son presa fácil de los avispados urbanitas de mala fe.
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