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Lectura ¿Qué os parece este relato?

  1. #1
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    23 ene, 18
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    ¿Qué os parece este relato?

    Buenas tardes!

    Acabo de llegar animado por el anonimato que me da este foro.

    He escrito un relato corto y busco un poco de crítica y consejo, es algo deprimente y me da palo enseñárselo a conocidos, así que espero poder aprovecharme de vosotros.

    Ahí va:

    Otra noche

    Estoy sentado en la mesa de un bareto, el de siempre, con mis amigos, los de siempre. Sobre ella, un juego de cartas, cuatro Coca-Colas y un vodka lima.

    La música estridente y el ambiente, amarillo oscuro, no permiten la comunicación, no permiten pensar. Uno juega su mano con desánimo y espera su turno. Parece que he ganado.

    Termino mi bebida.

    Como premio, voy a la barra, pido Stairway To Heaven y otro vodka lima. Me giro a observar a mis compañeros. Todos rien, comentan la jugada y reparten cartas, otra vez.

    No lo entiendo, me digo, pasarán hasta las cuatro de la mañana ahí sentados, jugando al mismo juego, bebiendo la misma mierda y riendo. Cada viernes igual, cada sábado igual. Anhelan terminar sus cinco días de rutina para entregarse a dos de monotonía.

    Bebo, disfruto de la canción, pienso en la triste vida de mis amistades y observo el ecosistema.

    A mí alrededor se encuentra la misma gente de cada semana. Beben lo mismo, se ríen de los mismos chistes y mantienen las mismas conversaciones, incluso se sientan en los mismos lugares. Me siento como en un infierno, obligado a revivir el mismo aburrimiento cada noche.

    Termina la canción, pido Iron Man y otra copa.

    Quedan dos horas para cerrar el bar, irme a casa y dormir hasta el lunes. Sólo de pensarlo me desmorono.

    Ponte el traje, coge el coche, sonríe a tus compañeros, sonrie a tus clientes, vuelve a casa, sonríe a tu madre y prepárate para repetir mañana. Así es, fue y será cada puñetero día de mi vida.

    Pido otra copa.

    Pienso en la jubilación, en lo tarde que llega y en la escasa recompensa. Me veo solo, sentado frente a un televisor, esperando una muerte que no llega.

    Ironico es, que asqueado de trabajar, termine yo hastiado de la vida del parado.

    Por esta reflexión, me merezco yo otro trago.

    A veces creo que lo único que necesito es dolor. Un frenazo, un golpe sordo y una punzada que suba por el espinazo, curando cada una de mis inquietudes o una enfermedad que me postre y me obligué a luchar por algo que sé que no existe.

    Ella debería saberlo, saco el móvil y pido otro cubata.

    Maldita puta, ramera, zorra, infiel, infame, no hay médico que cure tu daño ni alcohol que te ahogue.

    No sé si escribo, pienso o grito, puede que me haya pasado, puede que necesite otro combinado.

    Alguien me llama, me giro y miro sin ver al desconocido de mi amigo. Me dice, ya nos vamos, y yo le sonrio, sonrio al camarero, sonrio a mis compañeros, sonrio a mi madre, sonrio a mi vida y sonrio, de nuevo, a otra puta mañana.
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  2. #2
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    Me parece que como no hagas una presentación en condiciones mañana igual te despiertas con un puñal en el esternón
    Master Oficial Foroparaleliense del Pinturillo. Tricampeón imbatido.

  3. #3
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    Vodka lima

  4. #4
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    Una bazofia putrefacta,salida de una mente infantil,en la que se denota unos puntos preocupantes de filias y fobias extremas e insanas.
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  5. #5
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    No recuerdo exactamente el motivo pero ahí estaba. En la mesa del rincón como siempre, tomando en la taberna de ´´La bota coja´´. Miraba a examen a cada uno de los sujetos y ahogaba mi mirada en un licor de ocre atardecer. De repente y sin saber cómo ella se acercó. Y se sentó en la misma mesa que yo, en el banco de enfrente. Empecé a examinarla ópticamente con la mayor cautela que me fuese permitido.

    Sus ropajes no eran algo presuntuoso ni nada provocativo. Su vestimenta guardaba la discreción justa. Al igual que su pecho que era discreto y a la par aquellos mismos moldeados por un ´´maese´´ renacentista. Su ropa era sencilla sin resultar vulgar pues algo había. Llamémoslo toque personal. Seguí subiendo la mirada. El cuello desnudo, blanco como la porcelana más fina pero con el calor de un volcán de Pompeya.

    Seguí subiendo y ojala no lo hubiese hecho en el jamás de los jamases por lo que vi. Debí de haberme terminado mi copa, levantarme huraño y arisco sin prestarla la más mínima atención; y largarme con viento fresco a mi estudio. Así, como el que no quiere la cosa. Juro por dios (el que sea) que poco menos que imposible me resultó evitar su encanto. ¡Oh, cuan imposible! Cuando contemplé su boca supe que estaba perdido. No eran unos labios corrientes, no carnosos en extremo.
    Eran perfectamente carnosos, en armonía; solo un poco al igual que esa pincelada que termina una obra cumbre cuando en caso contrario se puede echar a perder con la brocha.

    El calor rosa de sus labios pálidos, ligeramente apagados. Sus blancos dientes se atisbaban mediante sus labios entreabiertos. A esas alturas ya me encontraba con nervios a flor de piel. Mis ojos seguían ávidos, era peor que el hechizo de un súcubo, lo único que ella no era obscena, ni explicita, sino todo lo contrario pero también a su par algo atrevida.


    Lo supe en la expresión de su boca, en la comisura de sus labios. Eran los labios más inocentes y bellos que había visto. Cuan secos se encontraban los míos que me llevé el cristal a la boca y metí un buen trago mientras la seguía observando desde esa transparente pared y sintiéndome estúpidamente protegido.

    La nariz ligeramente perfilada, esculpida por el mismísimo Miguel Ángel. Dejé mi copa en cuanto vi sus ojos los cuales se encontraron en los míos. Sentía como el corazón dejaba de latir y el aire me abandonaba. Ella tenía el poder de que todo girase a su son. O por lo menos eso creí. Sentí que solo éramos ella y yo en el lugar. Sabía que ese influjo provenía de ella.

    Ella hacía aflorar esa sensación de que era nuestro momento. Nuestra historia, nuestro tiempo y que nada más existía aparte de nosotros dos. La vista se me empezó a nublar, huía con recelo de su mirada, de esos ojos azules que se incrustaban en el alma. Tenía mi cabeza gacha, concentrada torpemente en el vaso vacío a la par que sabía que ella me miraba. Me observaba. ¡Demonios, vaya que sí! Creí desfallecer de un momento para otro y cuan estúpido soy al volar por mi cabeza los siguientes miedos: ´´No estoy con mi mejor traje…´´ ´´Seguro que me ve como a un pobre tonto´´.

    Entonces ella dijo algo. Creo que fue:
    -¿Siempre eres así de hablador?
    Fue entonces cuando una basta y molesta armadura se cayó a pedazos. Tan ligero y ameno era mi estado como desprotegido. Por lo menos a modo de solaz (que no era poco) el aire volvía a encontrarme y el corazón latía de nuevo. En mi mollera se formulaban cientos de respuestas válidas, puentes propiamente dichos para llevar la conversación a terreno llano pero con mi voz solo pude pronunciar:
    -No.
    De lo que no me había dado cuenta es que igual había pasado un lapso de casi diez minutos.
    -¿Sueles tardar tanto?-suspiró ella-a este ritmo…
    -¡A la mierda!-se hubo apoderado de mi estampa el fantasma del señor Fernando Fernán Gómez-Habrase visto ¡Yo no tengo que aguantar esto!-exclamé ofuscado por mi dignidad herida y me dispuse a marchar con paso ligero…
    -¡Espera! No quería hacerte enfadar. Quédate.

    ¡Cómo podría irme! Pensé. Su frágil y tierna voz me paralizaba, me controlaba. Ella podía jugar conmigo por completo como a ella le plazca. Mentiría descabelladamente si dijese que esperaba una disculpa por su parte. Me conformaba con simplemente escucharla.

    Mas no era con ella quien realmente me hallaba enfadado sino que aquí, con presente servidor. Aquella noche fue la más efímera de mi vida que me cabe recordar. Hablamos de todo pero realmente de nada. Todo temas banales, superficiales, conversando y prestando importancia a las cosas que no la tenían. Así fue mejor. No quería tocar ningún punto trascendental: temía llegarle a parecer pedante. Era muy pronto.

    Apenas cuando me empezaba a soltar la velada tocaba a su cierre. Casi no pude fijar mis ojos en los suyos y decirla lo que realmente quería. Esa belleza extranjera secuestró toda mi curiosidad y luego mi atención. Solo sé que estaba de paso; no era de la capital. Quise saber por su nombre y si la volvería a ver alguna vez pero ya se había ido.
    No me olvide de sus ojos. Esos ojos…Pienso en ella a la luz de vela y así el amanecer una y otra vez.

    La espero en ´´la bota coja´´. ¿Pero porque debería de venir? Yo a ella no la ato a ningún compromiso. No la he vuelto a encontrar. Solo en los sueños de reposo me encuentro con ella y todo ocurre como me hubiese gustado.
    No viene. Ella no viene. Ella inyecta el veneno y se esfuma. ¿Y ahora? Me niego a pensar en que fue un improvisto encuentro por dos desconocidos. Que se pierda ese momento en el azar y el infortunio. Es un precio muy alto a pagar. ¿Es este el sino que me depara?

    Entonces volvió a ocurrir. Cuando no tenía yo ya ninguna esperanza depositada de ningún encuentro esporádico; ella apareció incluso más bella que el primer día que la vi. La luz de luna parecía sirviente de esta, mi gran Venus de cabellos azabache.
    -¿Me has echado de menos?
    Me limité a negarlo rotundamente casi en tal tensión que parecía yo mismo negar mi negativa.
    -Puede…no…como podría hacerlo… ¿Qué quieres?
    -Que personaje tan inteligente eres que puedes dar con cuatro respuestas a una sola pregunta. ¿Qué quiero? No soy yo quien se pasa aquí día y noche. Puede que te quiera a ti.
    -Te diviertes jugando conmigo. No digas lo que quiero escuchar.
    -Digo lo que quiero, tanto por voluntad a que no me calles como por deseo de realizar.
    -Eso es mentira-proclamé de inmediato levantándome del banco.
    -Si te vas nunca lo sabrás. Solo tejeras teorías de algo que pudo haber sucedido o no. ¿Acaso te marcharas antes de tan solo intentarlo?
    Volví a mi lugar. Apreté los dientes. El cristal casca. Los labios sangran.
    -¡Bruto! Aguarda, no te muevas.
    -¡Que piensas hacer!-dije hostilmente pero siguió con su voluntad ignorando mi molestia por completo.
    Se acercó a mí. Sacó un pañuelo, lo mojó en mi trago y lo posó en mis labios.
    Las yemas de sus dedos se deslizaron por mi rostro. Suavemente, muy suavemente tal igual que la brisa de mayo. Aquella noche no me desprendí de su intensa mirada ni por el más ínfimo instante.
    -No preguntes algo que ya sabes.
    -¿Qué te hace pensar que lo sé? Yo no sé nada sobre ti, por eso te pregunto.
    -Está bien. ¿Qué quieres saber?
    Vaciló y demoró en su expresión y luego dijo:
    -Yo quiero saber…algo. Algo que no te diré aun. Además, tú te encuentras ávido por encontrarte con respuestas.
    -Nunca me había pasado esto antes…
    -Dime.
    -No…no lo puedo explicar. Por más que quisiese hacerlo no me resulta posible.
    Ella rio tímidamente. Hasta el más mínimo detalle formaba parte de su plan.
    Tomé aliento e interrogué:
    -¿Cómo te llamas? Me gustaría saberlo si no es indiscreción.
    -Mi nombre es Victoria. Victoria Greenwood.
    -Victoria…-repetí maquinalmente en un suspiro inevitable.
    -Aunque el caballero es quien se debe nombrar antes. Por lo que veo pocos ya quedan. Pero aun así dígame: ¿con quién tengo el placer de tratar?
    -¡Cabeza esta! Cuánto lo lamento. Debí de presentarme antes. Soy Dorian Hyde.
    -Vamos, Dorian. No se lo tome tan a pecho. Tan solo estaba bromeando. Dime, Dorian ¿Qué es aquello que le corroe? Lo puedo notar: hay algo que le inquieta en extremo.
    -Usted-dije inconscientemente y sin la menor voluntad tapándome la boca acto seguido como si nunca hubiese que esa palabra saliese de mis adentros.
    -No te has de sentir culpable por tan solo decir lo que piensas, Dorian. Relájate. Sigue…
    Negué oscilando el cráneo de flanco a flanco. Me cerré en banda a continuar con la confesión: me resultaba tremendo horror tener que comunicarla nada y aún menos delante de su persona.

    ´´Apenas la conozco; o lo que es peor: ella apenas me conoce. ¡Qué pensaría si dijese así sin más ni menos que no me la puedo quitar del recuerdo y que cada instante a su lado me es el más preciado tesoro!´´.
    Y otra e irremediablemente vez me sumergía en el océano de sus ojos. Yo, un completo manojo de nervios. Pero como no estarlo cuando el fruto de tus sueños existe, vive y respira en tierra y aún uno tiene la inmensa fortuna de estar a su lado. Ella me hablaba de algo que entendía a medias pues tenía la mente en otro lado.

    Me hablaba de existencialismo, de Kafka y también de Wagner. Que la opera estaba bien ya que era lo menos grafico posible. Son meras interpretaciones tan solo un adorno acompañante a las divinas arias. Decía que como se puede atrever esos directores de teatro del tres al cuarto llevar a Sigfrido o Siegfried a las tablas.
    Ella proclamaba que el dragón iba a quedar muy malamente representado.

    Que solo tenían la opción de una imagen acartonada con tres o cuatro articulaciones o un ridículo traje de gomaespuma verde y que cualquiera de las dos vías a tomar le disgustaba sobremanera. Ella seguía y seguía y como me hubiese gustado prestarle toda mi atención a esa cálida voz. Prestarle a ella todo mi tiempo, mi voluntad y mi vida y no restringirme a responder cortas respuestas y mostrarme de acuerdo con ella.

    La quería conocer aún más y más pero se me encogía el alma pensando si la iba o no a volver a ver.
    -¿Cuánto tiempo te quedas?-interrumpí.
    -¿Por qué lo quieres saber?
    -Me gustaría tener la certeza de si nos volveremos a encontrar.
    -Parto mañana. No te diré aun a donde. ¿Cómo se puede saber? Quién sabe. Tal vez nuestros caminos se vuelvan a cruzar. No te preocupes: te escribiré. No. No digas nada; yo ya lo sé.


    Parecía una bestia enjaula. Dando vueltas en mí estudio. Esperando impaciente una misiva que lleve su nombre. No podía esperar a que llegase el momento. Y entonces escribirla. Escribirla todo lo que quise y no pude decir. Que pueda parecer un loco pero que la amo.

    Transcurrió el tiempo de una semana. Seguía esperando, ávido lector de su carta que parecía no llegar… ¿Y si no hay carta? ¿Realmente ella sabía ya la dirección de mi domicilio? Le habré parecido un extraño sujeto y lo diría solo para quitarme del medio. ¿Por qué iba a escribirme sino?
    La espera me quemaba las entrañas. Es una tortura. Había sobrepasado mi límite y no pude aguantar más metido entre aquellas cuatro paredes. Salí de paseo a las dos de la madrugada. Luna llena ilumina los senderos y la zona de pasto del ganado en las afueras.

    Iluso de mí tratando de despejarme. De quitármela de mis pensamientos aunque fuese unos minutos. El tiempo voló. La luna ya escondida y el canto de un gallo me ponen en hora. Tardé bastante en volver a mi guarida pues sin darme cuenta mucho me había alejado. Entonces llegue a la entrada de mi humilde morada y para con mi sorpresa el pájaro de madera del buzón con sus alas listas para echar al vuelo.
    ¡Había llegado la carta! Ahí estaba en letra cursiva su dirección y el nombre de Victoria Greenwood. Mientras abría con ilusión el sobre y penetraba dentro de mi humilde morada. No sabía que tenía sobre mi mayor preponderancia. Sentía el apetito insaciable del ávido lector, pero antes quisiera de empezar a leer la misiva ya quería acabar para poder dedicarle a mi vil y amada súcubo la más sincera de las declaraciones.

    No podía ni figurarme el contenido del escrito. A la luz de la vela mis ojos se clavaron en todas y cada una de las líneas. El viejo pergamino era a una cara y sin ocupar la extensión total de esta. Un mero detalle sin el menor valor.
    Alternaba el trato en sus letras. Cercana se me mostraba en algunas líneas y sin embargo en otras guardaba las distancias. Decía que no volvería a Capital pues nada la ligaba al lugar. Y si, es así y lo comprendo. ¿Quién era yo si para ella no significaba el menor índice de preocupación? Nadie era y, aun así a comprenderlo no por ello me eran menos hirientes sus espinas.

    Aparte el contenido de la misiva expresaba que esperaba respuesta. Y me interrogó sobre el papel de siguiente manera: ´´ ¿Me extrañas?´´.
    En estas palabras terminaba un párrafo y continuaba otro sin ninguna conexión. Todo el aspecto, el contenido de la carta cuán vulgar me pareció entre las indecorosas y gratuitas preguntas y las afirmaciones fuera de lugar.

    Nada importa. Cuando ella marchó con ella mi espíritu, por ende y muy a mi pesar no me demoré en absoluto a empezar mi mensaje. Así transcurrió nuestra comunicación. Carta a carta. E incluso de relación este servidor tachó a eso nuestro que compartimos durante una temporada. Cinco días de tortura era lo que me tardaban en llegar a mi propiedad los mensajes de mi amada. Puede que solo fuese tinta en celulosa. Y así es. Más a mí me resultaba cómodo ese medio de comunicarme con Victoria.
    Descubrí que mediante las cartas podía plasmar todo aquello que mis labios prohibían. Algo frío sin duda. Y falta de muchos factores y puntos a tomar en cuenta.
    No hay comunicación personal directa lo cual significa que no hay miradas que atraviesan el alma. No hay miedo a encontrarse con el océano de sus ojos y tener que elegir acorralado si sumergirme y perderme en ella o sortearlo con recelo. No tenía que arriesgarme a quedar igual que un bobalicón, ponerme en evidencia al hablar o justo por callar.

    La falta de su presencia me ayuda a no enervarme. Todo lo que se puede entender y considerar como defectos yo lo veía como ventajas en las cuales me respaldaba, cobarde caballero. No podía ni siquiera imaginar a buscar una caricia por su vientre, a buscar un impulso que la hiciese gemir al debido gesto de los amantes. Simplemente me era imposible llegar a tanto.
    Pasaron los días y con los días los meses. Sus cartas siempre cada cinco días. Yo le resultaba simpático y le hubiese gustado poder compartir mayor parte de su tiempo con mi persona.
    Como mínimo tales confesiones me resultaban de gran solaz. Yo le agrado. ¡Oh, cuan de grande es el amor que por ti padezco y temo saber a ciencia cierta que tú no compartas el mismo sentimiento hacia a mí!


    Al cabo de un tiempo me atreví a declarar algo que cara a cara no se lo hubiese dicho ni en un millón de lustros. En la siguiente carta me desnudé ante ella expresando todo lo que yo por ella sentía y que no podía pensar en otra cosa que en ella, en ella y solo en ella. Ella.
    Ni imagino cuanto dudé y vacilé en mandar a su destino la correspondiente misiva. Me llegué a arrepentir de hacerlo, me enorgullecí de ello; todas las sensaciones hervían y bullían en mi interior. Me pregunté: ´´ ¿Y si hice mal? Había sido un error llevar a la acción tal ocurrencia. Será mejor que me despida de un próximo mensaje. Al leer mi declaración de amor es probable que no me vuelva a escribir jamás de los jamases´´.


    Nunca antes me había sentido tan inseguro tras ya después de tomar una resolución. El corazón me dio un vuelco cuando su respuesta fue la que nunca pude imaginar. No sé si solo plasmaba en esa carta un sentimiento conmigo en común, y en verdad también me amaba, o tan solo era lo que yo quería ver. No lo pensé en aquel momento; estaba demasiado extasiado como para ello. Ella me había brindado una esperanza y mil ilusiones afloraron. Dejé de ser tan reflexivo y pasé a la acción. Deseaba reunirme con ella y volver a verla.

    Tenía la certeza de que todo iba a ser distinto. Compartimos muchos secretos y confesiones pero si me hubiese parado a pensar durante un solo instante habría caído en la cuenta de que no la conocía en absoluto: no sabía de su situación familiar, que problemas tenía o que adversidades se le habían presentado en la vida. No me contaba nada referido al respecto. Posiblemente porque a las distancias que podía yo hacer salvo que absolutamente nada.
    La busqué sabe Dios que lo hice removiendo tierra, laderas, cordilleras, montañas y bosques. Y no me encontré con otra cosa que mi propia decepción, una y otra vez. El momento del reencuentro no parecía formalizarse nunca. Sin duda no era mutuo. Solo yo quería ir a su encuentro. Un día como otro cualquiera dejé de buscarla (me lo jure a mí mismo). Y más adelante sin aviso ni consideración desapareció como una ilusión que en realidad nunca estuvo ahí. Se perdió como una lagrima en la lluvia.


    ¿Qué sabía yo de su situación personal? Nada. Desconocía por completo esos datos por ende le podía haber pasado cualquier cosa. ¡Cuántas locuras he realizado en pos de nuestra unión pues mi reino por un corazón! No me arrepiento de mis acciones pues mi causa es noble.
    Salía de un salto de la casa con la vana esperanza de encontrar en el buzón una carta que nunca llegó. Por lo menos no tardé en comprender que no volvería a saber de ella. Aunque esto no me resultó ni el más mínimo consuelo.

    Olvidé los momentos buenos (los escasos que tuvimos) y comencé a odiarla. Ahora que la había dejado de buscar era ella quien me encontraba. Intrusa en mis sueños más inhóspitos. Escenas de un enfermo que en su inconsciente se recrea con su amada en la invención de un noviazgo. Solo cuando se sumerge en dimensiones oníricas es suya y están juntos por toda una eternidad.

    Despierto empapado en sudor frío atemorizado por las pesadillas. Pero por un momento mientras duermo llega incluso a parecerme tan real que la felicidad viene a mí para luego irse.
    Si tan solo supiese la razón. Si tan solo supiese que le movió a actuar así. Ese es el peor de mis males. La absoluta ignorancia se cierne sobre mí. La absoluta ignorancia de porque se esfumó como si nunca hubiese sido. Me siguió consumiendo solo que ahora de una manera distinta. El dolor tras su abandono me roía los huesos. Y así pasó el tiempo y a su paso ninguna herida se cerró.
    Y toda herida de alguien que se fue cicatriz será.


    Pasaban meses sin que ella se entrometiera en mi cabeza, en mis recuerdos entonces soñaba con ella y sabía que a pesar del daño jamás podría borrarla de mi mente.

    Y así pasaron los años…


    Aquel día parecía común al resto, normal y corriente. La cocina llena de humo, su madre siempre metida entre cazuelas. Dorian Hyde reposaba sobre un sillón de mimbre hasta que un sonido tan familiar volvió a ser escuchado tras tanto pasado. Se trataba de la campana del cartero que titilaba sin ton ni son. El gorrión del buzón con sus alas en alza.
    Como Dorian solía acostumbrar a guardarse de toda civilización y el exterior en general, el resplandor de la plena mañana casi le tumbó cuando se disponía a recoger el correo.

    El remitente decía Henry Witson. Henry era uno de los tíos de Míster Hyde al cual apenas tenía el gusto de conocer por ende no menos fue su sorpresa al recibir su mensaje de este familiar que en trato poco familiar le resultaba. ´´ ¿Qué asunto me puede ligar ahora para con el tío Henry?´´. Musitaba el señorito Dorian mientras abría el sobre.
    El asunto era que la abuela de Dorian Hyde había muerto. Lugar y fecha del funeral venia informado en la carta. Y por si no fuese poco ahora el señorito Dorian Hyde resultaba el afortunado al que al parecer su abuela (cuando todavía en vida) le hubo destinado la herencia.
    -¡Madre, he de marchar!-anunció Dorian Hyde y sin demora se llevó en una maleta un par de pertenencias las cuales bailaban en el interior. Su madre se había enterado que su hijo Dorian hubo abandonado el lugar para con la hora de la cena. Pues le llamaba y llamaba y al no responder fue a ver qué ocurría.

    Contrató el servicio de un cochero el cual le transportó hasta la estación central de trenes. Los cascos del caballo emitían un curioso sonido contra el empedrado piso. Unas horas después ahí estaba Dorian esperando el primer tren (de los dos que debía tomar) bajo la gran luna, la espesa niebla y los fríos vientos de las tierras del este.
    -¡Pasajeros suban al tren!-exclamó un empleado.
    -Zona emperador o zona normal de compartimento común.
    -Compartimento común.
    ´´No me apetecen derroches innecesarios´´ dijo Dorian para su interior.

    Ahí estaba ese estrecho pasillo, sin puertas ni paredes que separasen el espacio para una habitación. Las enormes maletas sobresalían desde los huecos entre las literas hacia el pasillo lo cual dificultaba el paso. Los jovenzuelos correteando de flanco a flanco.
    Una mujer reñía a su marido por gandul. Otro jugaba a las cartas al juego del tonto mientras destapaba una botella de aguardiente casero. Sus compañeros de fatigas pusieron en la mesita portable que hay bajo la ventana los suministros. Un bote de tomates en vinagre y pepinillos. Carnes frías y salchichas ahumadas, cebollinos, cebolletas, unos dientes de ajo, algo de sal y medio pan negro.

    El compartimento común estaba atestado hasta los topes. Con desespero y maleta en mano buscaba un espacio que apropiarse. Entonces lo vio, casi al final del pasillo. Una litera libre.
    La mezcolanza de olores (alcohol, sudor y mugre) se hacía pesada y el ambiente del vulgo no resultaba ameno precisamente. Sin hacer su cama ni sabanas ni nada se propuso dormir y se echó en la litera superior con la chaqueta por encima. En cada espacio había cuatro literas, dos inferiores y dos superiores. Los espacios apenas se separaban, tan solo por el trecho del pasillo.
    En el espacio vecino dormía un hombre. Pero las literas del lado derecho contaban con dos literas. Estas se encontraban en posición vertical desde una vista de plano. Y las cuatro del lado izquierdo del pasillo en horizontal. Y cuando se dispuso a tumbarse, Dorian, se encontró con un par de malolientes, sucios y negruzcos pies apenas separados de su rostro, tan solo un metro.
    Pues su vecino en vez de dormid con la cabeza hacia el exterior y los pies para el interior, para la ventana, se veía que gustaba del revés. Se bajó Dorian de la litera para cambiar su posición pues la escala altura del techo le impidió maniobrar cómodamente.
    Y allí donde reposaban sus pies pasó a reposar su cabeza y donde su cabeza los pies. Y otra vez de frente se encontró con el mismo espectáculo ya que su otro vecino dormía en la misma posición y con los pies igual de sucios o incluso más que su semejante. Enojado ya, Dorian se volteó dando la espalda a esas aberraciones que tenían aquellos dos por pies e intentó dormir hasta llegar a la próxima estación donde debía de tomar un segundo tren.


    Ni que contar que le resultó un tanto complicado conciliar el sueño entre los juramentos y las maldiciones que se espetaban entre ellos, los borrachos. Para colmo, el compañero de la litera que se encontraba justo debajo de la suya no dedicó su tiempo a otra actividad que comer como un gorrino las minúsculas quisquillas de su cono de periódico.
    Les quitaba las cabezas y las arrojaba al suelo y sin pelarlas se las metía en la boca. Hasta el amanecer se tuvo que dormir con el ruido de los chasquidos.


    A la mañana siguiente el asistente de viaje hizo sonar el metálico timbre con una repetición de seis toques. La señal de que el próximo tren iba a tomar rumbo. Corría Dorian Hyde hecho un guiñapo con el semblante de un viajero exhausto que no ha pegado ojo en toda la noche. La piel grasienta y los labios resecos. En la carrera la mitad de su equipaje se alzó en el aire pues justo quebró el cierre de la maleta.

    Llegó al tren antes de que la férrea bestia partiera y se aseó malamente con el agua del lavamanos del cuarto de baño. A lo cual también aplico ayudándose una pastilla de jabón a medio acabar. En camino a su litera en los compartimentos comunes una azafata le presta su atención.
    -Disculpe, señor, he de interrumpirle: présteme un minuto de su tiempo.
    Las manos del señorito Dorian Hyde rápidamente fueron a parar a los bolsillos en pos del billete de tren que sus dedos no hallaron. ´´ ¡Maldito sea, ahora me echaran a patadas…!´´ pensó.
    Continuó la mujer:
    -Ha quedado disponible una litera y asiento en el compartimento número trece de la zona emperador; debido a que uno de nuestros clientes no ha asistido, y por ende perdido el tren…Si usted gusta le instalaremos vuestro equipaje en el compartimento número trece de la zona emperador. ¿O prefiere quedarse en el compartimento común?
    -Ni harto vino. Uy, perdóneme usted, ya sabe: la emoción.
    Sin reparó aceptó lo que aquella azafata le ofrecía. Después del calvario sufrido en la noche anterior prefería evitar tener que pasar por lo mismo por vez segunda.
    -Si hace el favor de seguirme.

    Rápidamente se acomodó en aquella especie de habitación. El espacio se componía de dos asientos de precio incomparable y de comodidad impagable.

    Encima de estos colgaban dos enormes camas de compartimento; nada que ver con las latas de ocho muelles del compartimento común. Cada una de las dos camas tenía una manta de seda, un edredón nórdico y un ancho y blando colchón. En su asombro y revisión a gran detalle de aquel palacete, interrumpido se vio cuando alguien llamó a la puerta.
    -Pase por favor.
    La puerta corrediza se desplazó hacía un lado y el nuevo huésped penetró el umbral y se introdujo en el compartimento.
    Un hombre adulto que sin estar en su juventud tampoco parecía padecer ni el más ínfimo signo de vejez. Algo en sus andares y en su comportamiento no resultaba común a su propia imagen.
    -Debe usted disculparme: me dijeron que esta habitación del tren se encontraba libre y el personal del lugar me ofreció cambiar mi morada. Usted debe ser el que deba ocupar el lugar.
    -No se preocupe, Sr Hyde. Aquí hay sitio de sobra para dos. De hecho usted se encuentra hoy aquí, precisamente porque el que se supone que iba a ser mi compañero de fatigas no se encuentra aquí en este preciso momento. El doctor ha tenido un inesperado contratiempo…
    -Pero yo…
    -Pero usted, Sr Hyde solo está ocupando una plaza libre que sino la ocupa usted la ocupará otro sujeto. Creo que no hay que decir que está aquí retenido. Por su propia voluntad ha llegado a parar hasta aquí. Por ende si quiere es libre de marchar cuando usted guste.
    -No, prefiero quedarme. Ya llegados hasta este punto.
    -Por la azafata me he adelantado por saber su apellido pero no su nombre. Antes de que diga nada: mi nombre es Mefes Taalis-dijo el extranjero mientras se quitaba el sombrero.
    -Ese acento me resulta familiar. Alemán.
    -Efectivamente. Me he encariñado ya durante demasiado tiempo de casas de cuento y el pintoresco castillo de Baviera. Es usted muy detallista.
    -Por el contrario su nombre me parece casi un enigma.
    -Y lo es al menos para estos tiempos que fluyen. Vengo de un tiempo y año lejano.
    -Soy Hyde como ya sabe. Dorian Hyde. Mucho gusto.
    -El placer es mío pero dejémonos ya de formalismos: es un viaje largo. Debe de haber un tema de interés sobre el cual debatir, ¿no cree?
    -Me preocupa la inminente ascendencia del príncipe; su padre tiene los días contados…
    -¡Mujeres, ni que lo diga!-interrumpió el extranjero.
    -¡¿Mujeres?!
    -Dígame a mí. Siempre confundiendo y mezclando las cosas, los conceptos. Qué problema puede haber que en otro lugar mi Excalibur quiera enterrar y adentrarme en distintas carnes de una joven moza de nívea piel y tiernos manjares. Y fruto rosado aún sin madurar. Pongamos los naipes sobre la mesa. Un asunto es el sexo y otra muy distinta el amor.
    -¡Ni broma con tales temas!
    -Que cuadrado es usted. No tome tanta moral, muy señor mío, no se vaya atragantar.
    -Sabe usted mucho, caballero.
    -Se más por viejo que por…sabio.
    -¿Qué edad tiene usted? No me engañe: usted es joven.
    -¡Oh, querido Dorian! Cuán cuantiosa cantidad es la cifra de mis años. Ni lo imagina, mi temprano amigo. Y pretenderle engañar no trato aun-rio el extranjero-Soy viejo pero me conservo.
    -Si tan viejo es cómo dice ser (y que no lo es, insisto) no le creo, señor mío. He de decir que las apariencias engañan.
    -No podría estar más de acuerdo con usted.
    -Dispénseme caballeros, les traigo él te.
    Se inclinó para servirlo. Parecía que las berzas de la fémina podían derribar las tazas de un instante a otro.
    La puerta corrediza se volvió a deslizar para un lado y otra vez quedaron solo dos individuos en el interior del habitáculo.
    -¿Ha visto?
    -¿Si he visto el que…?
    -No se haga el tonto conmigo, mi querido Dorian. La azafata.
    -¿Si, que ocurrió con la azafata?
    -¿No piensa en ella?
    -¿Debería acaso?
    -No, pero por lo que puedo intuir eso no le resulta un impedimento. La ha visto bien. Examinada la pobre hembra, a grandes rasgos me ha parecido. No me trate de memo que con mis propios ojos lo he visto.
    -Debe de haber una equivocación.
    -Equivocación ninguna, míster Hyde.

    -¡Como voy a pensar en ella! No la conozco y solo es una azafata.
    -No, no la conoce pero eso no le impide imaginarse una escena inundada de concupiscencia con esa gorda tetuda que nos trajo el té. ¡Menudas proporciones! Eso es lo que ha pensado, y no en una casa en el campo, a ella de esposa, niños y perro.
    -Solo es una azafata. ¡Cómo podría!
    -¡Y viva la división de clases y de razas, señor mío! Divide y vencerás. ¿Pero acaso por ser una mera y vulgar trabajadora del personal de tren, por ser una azafata van a estar menos calientes sus carnes?
    -¡Jesús!-exclamó Dorian, horrorizado y el extranjero estornudó de súbito y repitió el señor Hyde-Jesús-para con su estornudo y volvió a estornudar ´´ ¡Achís!
    -Jes…
    -Cállese, cállese. Usted se lo ha imaginado. No lo niegue.
    -¿¡Que insinúa!?
    -Sí, usted, depravado. Sé que le gustaría desvestir a esa rolliza damisela en la sala del carbón, en la locomotora para ver correr su sudor. Tomar sus muslos y metérsela dura en su estrecho y grasiento culo. Mientras a la vez esos titánicos senos oscilan con el galope. La quiere montar. Se la imagina a ella de rodillas. Y con sus manos tendidas sobre el suelo. Usted la quiere sodomizar y sentir en sus manos el tierno y portentoso vientre de esa obesa ramera lasciva de los bajos instintos.

    Mientras que todo esto el extranjero proclamó, ¡señor! No podía dar crédito (Dorian) a lo que escuchaba. Soltaba dispares ademanes de preocupación y mirando con gran alarma a la puerta.
    -¿Tiene miedo de ser escuchado?
    -Ubíquese, caballero ¡Cómo osa!
    -Digo sin temor lo que pienso. Ni que fuese la destrucción del hombre por el hombre. Vaya donde la manceba y trátela con rudeza. Tome una decisión; no vacile: usted lo lograra.
    -No, señor.
    -Ya veo. Igual prefiere a la bella doncella del compartimento número catorce. Abra la puerta. Ahora fíjese, ¿preciosa verdad?
    -Yo no podría…
    -¿Por qué solo una? Eres joven y caballero apuesto y de buena presencia. Atrévase con las dos.
    -No. Y no insista. Pues ni idea se puede usted crear del tema tan delicado del cual trata. No quiero. Ni se le ocurra poner en cuestión ni una vez más mi dignidad y moral. Yo soy hombre recto.
    -No trate de romper complejos que en los espejos se reflejan. No mienta a un mentiroso, hijo. Algo que quiera ocultar no ha de ponerlo tras la moral que es falsa en todos los hombres y en usted en quien más. No enmascare un defecto como virtud. No suspire. Es la balanza. La gracia del hacedor. Mire yo sin ir más lejos.

    Míster Dorian Hyde lo observaba extrañado.
    -Sí, yo. Escucha muchacho: yo ni la mitad de tu puta beldad poseo pero habilidoso el que más soy para con las mujeres. Las encandilo y las encanto. Y tu belleza sin embargo no te acompaña de la destreza para con ellas. Ay, amigo. Pan al que no tiene dientes.
    -Tenga consideración y tacto, señor Mefes.
    -Tiene razón; no quisiera perpetuar una cuerda de piano en tensión en La menor. Dígame, señor Hyde. ¿Cuál es el motivo de su viaje?
    -Un pariente mío ha fallecido: he de ir al funeral a arreglar el papeleo de la herencia. Ya se figurará como son esas diligencias.
    -¿Cuál es el premio, amigo?
    -Un caserón.
    -Ahora joven, soltero (vivirá solo y sin familia además, supongo) y con casa propia. Soltero dorado serás. Lejos de los tuyos y de tu hogar, ¿Por qué no desviarse un poco? Es tu casa, no hay autoridad que debas temer. Pues ese es el pecado solo que no lo has entendido hasta ahora pero déjame: yo te lo explicaré.
    -¿Qué quiere decir?
    -Invita a rufianes y mujeres fáciles y alegres de la vida. Copulad y joded entre vosotros. ¿Qué te lo impide?
    -Me instalaré allí y dedicare mis horas al trabajo para los editores. Y también al cuidado de la casa.
    -La moral no es nada. Lo que importa es que el hombre sepa lo que quiere y a quien ha de pedírselo. Entonces dejara toda virtud atrás a cambio de su deseo.

    Dorian Hyde lo escuchaba cautivo de su elocuencia.


    El extranjero venido de Baviera causaba un contundente influjo sobre el señor Hyde. Atento a cada palabra que el nuevo huésped pronunciaba lo escuchaba como si aquello que proclamaba el alemán fuese dicho por vez primera. Dorian nunca trató algo semejante antes.
    En el huésped se cernía un aura de misterio, un misticismo voraz. Una genialidad devoradora que no dejaba lugar a dudas a nada que el huésped pudiese explicar.
    -La moral es una creencia, señor Dorian. El precio del hombre es una certeza. Y así será para siempre en el efímero trayecto de nuestra historia. Solo hay que saber a quién acudir. Yo aquí he de bajar. Siento que nuestros caminos se han de separar ahora pero presiento que este fortuito encuentro no será el último, señor Dorian. Le deseo éxito en cualquier empresa que se disponga.


    Algo raro le sucedía. Algo que bien lo sentía y sabía que estaba ahí. Era algo que le resultaba poco menos que posible explicar. ¿Pues no son acaso las palabras que condicionan? Limitan y una vez dichas, escritas y expuestas la esencia se pierde. Tras la marcha del huésped, Dorian parecía entender algo que jamás hubiese podido imaginar. Es como si Mefes Taalis le hubiera dado, otorgado un secreto que a ciencia cierta ni el propio señor Hyde conocía y a su vez le hubiese arrebatado algo de lo cual tampoco parecía tener la menor idea.


    El funeral, los individuos, vestidos de negro, las condolencias y el resto de la parafernalia correspondiente a la ceremonia. Pasado ya ello llegó el papeleo, la audiencia con el notario y el resto de parientes. Dorian era el blanco de los otros que su sangre comparten pero en menor medida. La abuela no tenía más fortuna que el caserón el cual le tocó al señor Hyde. Y los primos y tíos de Dorian ardían de envidia pues en la repartición de bienes les tocaron para sus posesiones puras bagatelas que la vieja se había negado a tirar. Una caja de sellos, muñecas de porcelana y artículos de marinero, recuerdos de su difunto marido.

    No tardó como bien dijo en instalarse y trabajar en su nueva propiedad. Su editor esperaba un neo-manuscrito sin embargo no le ató esta vez con fechas límites. Dorian tenía tiempo de sobra para concentrar y ponerse a trabajar. Aunque, curiosamente el tiempo era el problema, le ahogaba y le apretaba. El tiempo le sobraba y no sabía ni que hacer y nada se le ocurría ante el pálido folio. ´´Lo mejor será refrescarse. Dudo de que vengan duendes y me allanen el camino´´.

    Era de madrugada, un lugar pintoresco. Uno de estas que gozan de la llamada paz temporal. Tenía gran interés en subir a alturas, a la colina y estar por encima y alejado de sus comunes. ´´Aquí hallare tranquilidad y el privilegio de contemplar el paisaje a espaldas de la edificación y encima poder disfrutarlo en soledad´´.
    Para con su asombro alguien se hubo adelantado. Una delicada silueta yacía en un remanso de paz apoyada en el tronco de un roble. Le pareció momento de retroceder, de buscar un refugio desolado en otras lejanías de la civilización. Entonces dio un paso atrás con fortuna de pisar un par de ramas secas.

    El crujido sonó cual trueno en una noche de verano. Y la misteriosa silueta se hizo ver. Resultaba una temprana muchacha de inocente belleza; tanto que ni ella parecía percatarse de su beldad. Las muchachas crecen, cuan tiernas flores maduran. Pasan a ser mujeres y en el espejo se contemplan y vuelven a presumirse a ellas mismas en caso de no haber alguien en alrededor de compañía. Ella era una muchacha aún; ni se imaginaba el influjo de su poder.

    Cuantas ganas y oportunidad soportaba en aquel entonces el señor Hyde de poner pies en polvorosa. De voltear sobre sus talones y no echar la vista atrás. De huir de algo que no entiende y que aún menos puede alcanzar. Y por supuesto nada más lejos de la realidad. Sintió impotencia ante la situación de no saber qué hacer ni que decir y volvió en carrera a su morada mientras ella lo divisaba (levantada al pie del roble) alejándose por el horizonte. El crepúsculo de Arkturus se lo llevó con él.

    ´´ ¡Demonios, siempre la misma cantinela! Si tan solo todo lo que quisiera decirla fluyese por mi boca. Tan sencillo parece ser; les he visto a ellos, como los galanes de turno cortejaban (sin gracia) a una y a otra o aquella muchacha. ¿Por qué algo tan sencillo y común para los demás a mí me acelera el corazón y me deja en desaliento?´´. Sus ojos de un tono marrón y miel, su melena lisa y rubia de media medida. Más baja que alta su estampa. Hasta el mínimo rasgo de su imagen quedó prendido en el recuerdo de Dorian.

    Se repetía aquella que era la misma historia de siempre: el agotaría en la noche por ella hasta su último suspiro. La examinaría de soslayo; fantasearía con ella mil y unas vidas distintitas mientras tanto, ella apenas tendría conocimiento de su existencia. El señorito Dorian veía en ella su belleza pero una tarde conversando consigo mismo (para conservar las costumbres) alcanzó una amarga conclusión. Y que de no haber alcanzado mejor para con él hubiese sido al verse la ignorancia casada con el bienestar y la felicidad.


    Dorian no era feliz ni ignorante. Concluyó que el valor de la belleza es mayormente superficial de lo que se podía figurar. Atinó con un dardo para su corazón pensando que apreciaba la belleza de las féminas como el que más debido a que era lo único de lo que él podía dar testimonio. Y como lo peor aún sigue es que, reflexionó y supo que aquello era una virtud menor (como Dorian lo consideraba) debido a que cualquiera podía observar y estar en conciencia de la hermosura de una muchacha.
    Lo realmente bello era el corazón puro de una mujer algo que él nunca podrá conocer ya que había que sumergirse en pareja a un abismo formando un vínculo. Dorian no podría ni dar con el umbral. Aquello requería un acercamiento intimo para con ella.


    Él solo podía conocer la belleza. A vista de cualquiera. Tan limitado resultaba ser Dorian que solo podía permitirse conocer la belleza y no tomarla. Las palabras de Mefes Taalis resonaban cuan campanas: ´´´Todos tienen un precio. Todos tienen un deseo: solo hay que saber a quién pedir´´. A su mente vino un salmo; totalmente desconocido para el que jamás hubo escuchado y lo empezó a recitar. En voz muy baja el sonido casi escapaba al aire.
    Daba vueltas y vueltas por la expansión del salón mientras recitaba aquel misterioso cantico. Los vidrios de las lámparas de aceite quebraron. Las cortinas comenzaron a bailar por si solas sin salirse del perímetro. Lenguas muertes que revivían y retumbaban en cada esquina del caserón. Estaban furiosas.
    Las voces proclamaban con vehemencia e ira pero Dorian no las pudo comprender. Su tez empalideció (aún más que de costumbre).
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  6. #6
    Abducido Renacido Avatar de Penumbra
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    con estos párrafos es muy dificil juzgar.
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  7. #7
    2031 Avatar de Toyoda
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  8. #8
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    No está mal, bienvenido y tal.
    Aterráos pues, pérfidos e insignificantes humanos, pues el que siempre ha sido, el que es y el que será, mora entre vosotros, y en viles tinieblas os sumirá. Pasa por aquí.

  9. #9
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    No és possible, senyor meu, sinó que aquestes testifiquen que per aquí a prop hi ha d'haver alguna font o corrent que humiteixis; i així, serà bé que anem un poc més endavant, que ja ens trobarem on podrem mitigar aquest terrible somni que ens fatiga, que, sens dubte, causa major pena que la fam.

    Pareciblement, el consell a don Quixot, i, prenent de la rienda a Rocinante, i Sancho del cabestro al seu ass, després d'haver posat sobre ell els rellevants que quedaven de la cena, van començar a caminar pel prat arriba a tiento, perquè La escuritat de la nit no els deixava veure alguna cosa; més, no hi havia hagut de dos passos, quan va arribar als seus ulls un gran soroll d'aigua, com que d'uns grans i elevats riscos es despeñava. Alegróles el soroll en gran manera, i, parant-se a escoltar cap a quina part sonava, van sentir una altra estropa que les aguardava el contingut de l'aigua, especialment a Sancho, que era naturalment medroso i de poc ànim. Vaig dir que sentien que feien uns cops a una compàs, amb un cert cruixit d'atuells i cadenes, que, acompanyats del furiós estrenyiment de l'aigua, feien pudor a qualsevol altre cor que no fos el de Don Quixot.

    Era la nit, com s'ha dit, escura, i ells van aconseguir entrar entre uns arbres alts, cuyas fulles, movidas del blando viento, feien un temorós i manso de son; de manera que la solitud, el lloc, la escuritat, el soroll de l'aigua amb el murmuri de les fulles, tot va causar horror i espanto, i més quan van veure que ni els cops cessaven, ni el vent es dormia, ni el dia arribava; afegint-se a tot això ignorant el lloc on es trobaven. Però don Quixot, acompanyat del seu intrèpid cor, va saltar sobre Rocinante, i, empenyent la seva rodela, va terciar el seu llançó i va dir:

    -Sancho amigo, ha de saber que em vaig néixer, per voler del cel, en aquesta nostra edat d'irro, per resucitar en ella la d'or, o la dorada, com sol anomenar-se. Jo sóc aquell per qui estan guardats els perills, les grans marques, els valerosos fets. Jo sóc, digui altra vegada, qui ha de resucitar els de la Taula Rodona, els Doce de Francia i els Nens de la Fama, i el que ha de posar en oblit els Platires, els Tablantes, Olivantes i Tirantes, els Febos i Belianises , amb tota la caterva dels famosos cavallers andantes del passat temps, fent en aquest que em faig relats grandioses, estrañetes i fets d'armes, que escurien les més clares que van ficar. Bé notes, escuder fidel i legal, les tènues de la nit, el seu estrany silenci, el soroll i la confusió estruendosa d'aquests arbres, el temorós soroll d'aquella aigua en què es buscava venir, que sembla que es despeña i der [r] umba des dels alts muntanyes de la lluna, i aquell incessible copejar que ens fair i lastima els oídos; les quals coses, totes juntes i cada una per si, són bastant infundir el terror, el temor i l'espanto en el pit del mateix Mart, el més en aquell que no està acostumat a semblants esdeveniments i aventures. Perquè tot això que et pinto són incentius i despertadors del meu ànim, que ja fa que el corazon me reviente en el pit, amb el desig que tingui d'abordar aquesta aventura, per més difícil que es mostra. Així, aprieta un poc les cinchas a Rocinante i queda a Déu, i esperem aquí fins a tres dies no més, en els quals, si no volviere, pots tornar a la nostra aldea, i des d'allí, per fer-me merced i bona obra, irás al Toboso, on diràs a la incomparable senyora meva Dulcinea que el seu captive caballero va morir per acometer coses que li fessin dignes de poder anomenar-se a ell.

    Quan Sancho va sentir les paraules del seu amo, va començar a plorar amb l'major tendresa del món i una dècada:

    -Senyor, jo no sé per què vol la teva merced acometer esta tan temerosa aventura: ara és de nit, aquí no ves ningú, bé podem torcer el camí i desviar-nos del perill, encara que no bevem en tres dies; y, doncs no hi ha qui ens veiés, menys hi haurà qui nos nota de cobardes; quant més, que jo he sentit predicar al cura del nostre lloc, que tu merced bé coneix, que qui busca el perill perdi en ell; així, no és bé temptar a Déu acometint tan desaforat fet, on no es pot escapar sinó per miracle; i basta els que ha fet el cel amb la vostra voluntat de lliurar-lo de ser mantingut, com jo vaig anar, i treure'n el vencedor, lliure i salvat d'entre milers d'enemics com acompanyaven al difunt. I, quan tot això no moure ni ablandar aquest dur cor, muévale el pensar i creure que a penes hi haurà la teva merced apart d'aquí, quan jo, de por, dóna la meva ànima a qui vulgui portar-la. Vaig sortir de la meva terra i vaig deixar els fills i filles per venir a servir a la vostra merced, creient valer més i no menys; però, com la cudicia trenca el saco, m'ha tirat les meves esperances, perquè quan més vivies heu de tenir aquella negra i malhadada ínsula que moltes vegades vós em va prometre, em veig que, en paga i trueco della, m'ha volgut ara deixar en un lloc tan apardel tracte humà. Per un sol Déu, senyor meu, que no em faga tal desaguisado; i ja que del tot no vulgui que la seva merced desistís d'acometer aquest dia, dilatelo, a menys, fins al matí; que, a lo que a mi em mostra la ciència que vaig aprendre quan era pastor, no deu haver-hi des d'aquí al alba tres hores, perquè la boca de la Bocina està a sobre de la cap, i fa la mitja nit en la línia de l'arm left. -Com puc tu, Sancho -va dir don Quixot-, veure on fa aquesta línia, ni on està aquesta boca o aquell colòleg que diu, si fa la nit tan fosca que no sembla en tot el cel alguna estrella? -Así és, -va dir Sancho-, però té el por, molts ulls i les coses sota terra, el més en el cel; lloc que, per bon discurs, bé es pot entendre que hi ha poc d'aquí al dia. -Falte el que faltare -respongué don Quixot-; que no se ha de dir per mi, ara ni en cap moment, que tantes i penes em van apartar de fer el que debia a estil de cavaller; i així, tu, Sancho, que calles; que Déu, que m'ha posat en el cor d'acometer ara està tan no vist i tan temerosa aventura, tindrà cura de mirar per la meva salut i consolar la teva tristesa. El que ha de fer és prémer ben les cinchas a Rocinante i quedar-te aquí, que em donaré la volta presto, o viu o mort. Veient, doncs, Sancho la última resolució del seu amo i quant valien molt amb ells els seus llàgrimes, consells i motius, va decidir aprofitar-se de la seva indústria i fer-li esperar fins al dia, si pogués; i així, quan apretaba les cinchas al cavall, amb bonicitat i sense sentit, es va asseure amb el cabdell de la seva ànima ambdós pies a Rocinante, de manera que quan el senyor Quixot es va voler partir, no va poder, perquè el cavall no es podia moure sinó un salts. Veient Sancho Panza el bon succés de la seva embuste, va dir: -Ea, senyor, que el cel, mogut de les meves llàgrimes i pregàries, ha ordenat que no es pugui moure a Rocinante; i si vols volar, i espolear, i deixar-ho, anirà a la fortuna i donar-li coves, com diuen, contra l'aguijón. Desesperábase amb això don Quixot, i, per més que posava les pits al cavall, menys li podia moure; i, sense caure en la compte de la lligadura, va tenir per bé de sosegarse i esperar, o un que amaneciese, o que Rocinante es menease, creient, sens dubte, que aquell venia d'una altra part que de la indústria de Sancho; i així, va dir: -Pues així és, Sancho, que Rocinante no pot moure's, jo sóc content d'esperar a que ría l'alba, encara que jo lloro el que tardarem a venir. -No cal que parlar -va respondre Sancho-, que entretendré a la vostra merced contant contes des d'aquí al dia, si ja no és que es vulgui apagar-se i esgotar-se un poc sobre el verd ierba, un ús de cavallers andantes, per trobar-se més descansat quan arribeu el dia i punt d'acometer aquesta desmembrada aventura que li espera. -¿Què et crides apear o a què dormir? -va dir don Quixot-. Sóc jo, per ventura, d'aquells cavallers que prenen restes als perills? Duerme tu, que vaig néixer per dormir, o fes el que vulguis, que jo faré el que vull que més vingui amb la meva pretensió. No se enoja la teva merced, senyor meu, -va respondre Sancho-, que no ho vaig dir per tant. I, llegant-se a ell, va posar la mà a l'arzón del davant i l'altra a l'altre, de manera que es va quedar embegut amb el dit muscular esquerre del seu amo, sense perdre's apartar-se d'un dit: aquesta era la por que tenia els cops , que encara alternativament sonaven. Digueu-li a don Quixot que contés un conte per entretenerle, com se m'havia promès, a què Sancho va dir que si ho fes si li deixés el temor del que sentia. -Però, amb tot això, em esforçaré a dir una història que, si la veritat és contar i no em van a la mà, és la millor de les històries; i estigueu merèixer atent, que ja ha començat. «Érase que era, el bé que vindria per a tothom, i el mal, per qui fos a buscar ...» I adverteix, senyor meu, el meu mèrit, que el principi que els antics van donar als seus consells no va ser així com ningú , que va ser una sentència de Catón Zonzorino, romà, que diu: "I el mal, per qui fuere a buscar", que ve aquí com anell al dit, perquè la teva merced estigui quiet i no vagi a buscar el mal a cap part, sinó que ens tornem per un altre camí, perquè ningú ens obliga a seguir aquest, on tant ens fan frenar. -Sigue teu conte, Sancho -va dir don Quixot-, i del camí que hem de seguir deixa'm a mi el cuidat. - «Digo, pues -prosseguí Sancho-, que en un lloc d'Extremadura hi havia un pastor cabrerizo, que el pastor o cabrerizo, com diuen, del meu conte, es deia Lope Ruiz; i aquest Lope Ruiz estava enamorat d'una pastora que es deia Torralba, la qual la pastora anomenada Torralba era la filla d'un ramader ric, i aquest ramader ric ... »-Si de manera contas tu conte, Sancho -va dir don Quixot-, repetint dues vegades el que vas dir, no acabaràs en dos dies; seguiu i digueu-ho com a continuació.

  10. #10
    ForoParalelo: Miembro Avatar de ShadowSonic
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    Cita Iniciado por Giovanni Ver mensaje
    No recuerdo exactamente el motivo pero ahí estaba. En la mesa del rincón como siempre, tomando en la taberna de ´´La bota coja´´. Miraba a examen a cada uno de los sujetos y ahogaba mi mirada en un licor de ocre atardecer. De repente y sin saber cómo ella se acercó. Y se sentó en la misma mesa que yo, en el banco de enfrente. Empecé a examinarla ópticamente con la mayor cautela que me fuese permitido.

    Sus ropajes no eran algo presuntuoso ni nada provocativo. Su vestimenta guardaba la discreción justa. Al igual que su pecho que era discreto y a la par aquellos mismos moldeados por un ´´maese´´ renacentista. Su ropa era sencilla sin resultar vulgar pues algo había. Llamémoslo toque personal. Seguí subiendo la mirada. El cuello desnudo, blanco como la porcelana más fina pero con el calor de un volcán de Pompeya.

    Seguí subiendo y ojala no lo hubiese hecho en el jamás de los jamases por lo que vi. Debí de haberme terminado mi copa, levantarme huraño y arisco sin prestarla la más mínima atención; y largarme con viento fresco a mi estudio. Así, como el que no quiere la cosa. Juro por dios (el que sea) que poco menos que imposible me resultó evitar su encanto. ¡Oh, cuan imposible! Cuando contemplé su boca supe que estaba perdido. No eran unos labios corrientes, no carnosos en extremo.
    Eran perfectamente carnosos, en armonía; solo un poco al igual que esa pincelada que termina una obra cumbre cuando en caso contrario se puede echar a perder con la brocha.

    El calor rosa de sus labios pálidos, ligeramente apagados. Sus blancos dientes se atisbaban mediante sus labios entreabiertos. A esas alturas ya me encontraba con nervios a flor de piel. Mis ojos seguían ávidos, era peor que el hechizo de un súcubo, lo único que ella no era obscena, ni explicita, sino todo lo contrario pero también a su par algo atrevida.


    Lo supe en la expresión de su boca, en la comisura de sus labios. Eran los labios más inocentes y bellos que había visto. Cuan secos se encontraban los míos que me llevé el cristal a la boca y metí un buen trago mientras la seguía observando desde esa transparente pared y sintiéndome estúpidamente protegido.

    La nariz ligeramente perfilada, esculpida por el mismísimo Miguel Ángel. Dejé mi copa en cuanto vi sus ojos los cuales se encontraron en los míos. Sentía como el corazón dejaba de latir y el aire me abandonaba. Ella tenía el poder de que todo girase a su son. O por lo menos eso creí. Sentí que solo éramos ella y yo en el lugar. Sabía que ese influjo provenía de ella.

    Ella hacía aflorar esa sensación de que era nuestro momento. Nuestra historia, nuestro tiempo y que nada más existía aparte de nosotros dos. La vista se me empezó a nublar, huía con recelo de su mirada, de esos ojos azules que se incrustaban en el alma. Tenía mi cabeza gacha, concentrada torpemente en el vaso vacío a la par que sabía que ella me miraba. Me observaba. ¡Demonios, vaya que sí! Creí desfallecer de un momento para otro y cuan estúpido soy al volar por mi cabeza los siguientes miedos: ´´No estoy con mi mejor traje…´´ ´´Seguro que me ve como a un pobre tonto´´.

    Entonces ella dijo algo. Creo que fue:
    -¿Siempre eres así de hablador?
    Fue entonces cuando una basta y molesta armadura se cayó a pedazos. Tan ligero y ameno era mi estado como desprotegido. Por lo menos a modo de solaz (que no era poco) el aire volvía a encontrarme y el corazón latía de nuevo. En mi mollera se formulaban cientos de respuestas válidas, puentes propiamente dichos para llevar la conversación a terreno llano pero con mi voz solo pude pronunciar:
    -No.
    De lo que no me había dado cuenta es que igual había pasado un lapso de casi diez minutos.
    -¿Sueles tardar tanto?-suspiró ella-a este ritmo…
    -¡A la mierda!-se hubo apoderado de mi estampa el fantasma del señor Fernando Fernán Gómez-Habrase visto ¡Yo no tengo que aguantar esto!-exclamé ofuscado por mi dignidad herida y me dispuse a marchar con paso ligero…
    -¡Espera! No quería hacerte enfadar. Quédate.

    ¡Cómo podría irme! Pensé. Su frágil y tierna voz me paralizaba, me controlaba. Ella podía jugar conmigo por completo como a ella le plazca. Mentiría descabelladamente si dijese que esperaba una disculpa por su parte. Me conformaba con simplemente escucharla.

    Mas no era con ella quien realmente me hallaba enfadado sino que aquí, con presente servidor. Aquella noche fue la más efímera de mi vida que me cabe recordar. Hablamos de todo pero realmente de nada. Todo temas banales, superficiales, conversando y prestando importancia a las cosas que no la tenían. Así fue mejor. No quería tocar ningún punto trascendental: temía llegarle a parecer pedante. Era muy pronto.

    Apenas cuando me empezaba a soltar la velada tocaba a su cierre. Casi no pude fijar mis ojos en los suyos y decirla lo que realmente quería. Esa belleza extranjera secuestró toda mi curiosidad y luego mi atención. Solo sé que estaba de paso; no era de la capital. Quise saber por su nombre y si la volvería a ver alguna vez pero ya se había ido.
    No me olvide de sus ojos. Esos ojos…Pienso en ella a la luz de vela y así el amanecer una y otra vez.

    La espero en ´´la bota coja´´. ¿Pero porque debería de venir? Yo a ella no la ato a ningún compromiso. No la he vuelto a encontrar. Solo en los sueños de reposo me encuentro con ella y todo ocurre como me hubiese gustado.
    No viene. Ella no viene. Ella inyecta el veneno y se esfuma. ¿Y ahora? Me niego a pensar en que fue un improvisto encuentro por dos desconocidos. Que se pierda ese momento en el azar y el infortunio. Es un precio muy alto a pagar. ¿Es este el sino que me depara?

    Entonces volvió a ocurrir. Cuando no tenía yo ya ninguna esperanza depositada de ningún encuentro esporádico; ella apareció incluso más bella que el primer día que la vi. La luz de luna parecía sirviente de esta, mi gran Venus de cabellos azabache.
    -¿Me has echado de menos?
    Me limité a negarlo rotundamente casi en tal tensión que parecía yo mismo negar mi negativa.
    -Puede…no…como podría hacerlo… ¿Qué quieres?
    -Que personaje tan inteligente eres que puedes dar con cuatro respuestas a una sola pregunta. ¿Qué quiero? No soy yo quien se pasa aquí día y noche. Puede que te quiera a ti.
    -Te diviertes jugando conmigo. No digas lo que quiero escuchar.
    -Digo lo que quiero, tanto por voluntad a que no me calles como por deseo de realizar.
    -Eso es mentira-proclamé de inmediato levantándome del banco.
    -Si te vas nunca lo sabrás. Solo tejeras teorías de algo que pudo haber sucedido o no. ¿Acaso te marcharas antes de tan solo intentarlo?
    Volví a mi lugar. Apreté los dientes. El cristal casca. Los labios sangran.
    -¡Bruto! Aguarda, no te muevas.
    -¡Que piensas hacer!-dije hostilmente pero siguió con su voluntad ignorando mi molestia por completo.
    Se acercó a mí. Sacó un pañuelo, lo mojó en mi trago y lo posó en mis labios.
    Las yemas de sus dedos se deslizaron por mi rostro. Suavemente, muy suavemente tal igual que la brisa de mayo. Aquella noche no me desprendí de su intensa mirada ni por el más ínfimo instante.
    -No preguntes algo que ya sabes.
    -¿Qué te hace pensar que lo sé? Yo no sé nada sobre ti, por eso te pregunto.
    -Está bien. ¿Qué quieres saber?
    Vaciló y demoró en su expresión y luego dijo:
    -Yo quiero saber…algo. Algo que no te diré aun. Además, tú te encuentras ávido por encontrarte con respuestas.
    -Nunca me había pasado esto antes…
    -Dime.
    -No…no lo puedo explicar. Por más que quisiese hacerlo no me resulta posible.
    Ella rio tímidamente. Hasta el más mínimo detalle formaba parte de su plan.
    Tomé aliento e interrogué:
    -¿Cómo te llamas? Me gustaría saberlo si no es indiscreción.
    -Mi nombre es Victoria. Victoria Greenwood.
    -Victoria…-repetí maquinalmente en un suspiro inevitable.
    -Aunque el caballero es quien se debe nombrar antes. Por lo que veo pocos ya quedan. Pero aun así dígame: ¿con quién tengo el placer de tratar?
    -¡Cabeza esta! Cuánto lo lamento. Debí de presentarme antes. Soy Dorian Hyde.
    -Vamos, Dorian. No se lo tome tan a pecho. Tan solo estaba bromeando. Dime, Dorian ¿Qué es aquello que le corroe? Lo puedo notar: hay algo que le inquieta en extremo.
    -Usted-dije inconscientemente y sin la menor voluntad tapándome la boca acto seguido como si nunca hubiese que esa palabra saliese de mis adentros.
    -No te has de sentir culpable por tan solo decir lo que piensas, Dorian. Relájate. Sigue…
    Negué oscilando el cráneo de flanco a flanco. Me cerré en banda a continuar con la confesión: me resultaba tremendo horror tener que comunicarla nada y aún menos delante de su persona.

    ´´Apenas la conozco; o lo que es peor: ella apenas me conoce. ¡Qué pensaría si dijese así sin más ni menos que no me la puedo quitar del recuerdo y que cada instante a su lado me es el más preciado tesoro!´´.
    Y otra e irremediablemente vez me sumergía en el océano de sus ojos. Yo, un completo manojo de nervios. Pero como no estarlo cuando el fruto de tus sueños existe, vive y respira en tierra y aún uno tiene la inmensa fortuna de estar a su lado. Ella me hablaba de algo que entendía a medias pues tenía la mente en otro lado.

    Me hablaba de existencialismo, de Kafka y también de Wagner. Que la opera estaba bien ya que era lo menos grafico posible. Son meras interpretaciones tan solo un adorno acompañante a las divinas arias. Decía que como se puede atrever esos directores de teatro del tres al cuarto llevar a Sigfrido o Siegfried a las tablas.
    Ella proclamaba que el dragón iba a quedar muy malamente representado.

    Que solo tenían la opción de una imagen acartonada con tres o cuatro articulaciones o un ridículo traje de gomaespuma verde y que cualquiera de las dos vías a tomar le disgustaba sobremanera. Ella seguía y seguía y como me hubiese gustado prestarle toda mi atención a esa cálida voz. Prestarle a ella todo mi tiempo, mi voluntad y mi vida y no restringirme a responder cortas respuestas y mostrarme de acuerdo con ella.

    La quería conocer aún más y más pero se me encogía el alma pensando si la iba o no a volver a ver.
    -¿Cuánto tiempo te quedas?-interrumpí.
    -¿Por qué lo quieres saber?
    -Me gustaría tener la certeza de si nos volveremos a encontrar.
    -Parto mañana. No te diré aun a donde. ¿Cómo se puede saber? Quién sabe. Tal vez nuestros caminos se vuelvan a cruzar. No te preocupes: te escribiré. No. No digas nada; yo ya lo sé.


    Parecía una bestia enjaula. Dando vueltas en mí estudio. Esperando impaciente una misiva que lleve su nombre. No podía esperar a que llegase el momento. Y entonces escribirla. Escribirla todo lo que quise y no pude decir. Que pueda parecer un loco pero que la amo.

    Transcurrió el tiempo de una semana. Seguía esperando, ávido lector de su carta que parecía no llegar… ¿Y si no hay carta? ¿Realmente ella sabía ya la dirección de mi domicilio? Le habré parecido un extraño sujeto y lo diría solo para quitarme del medio. ¿Por qué iba a escribirme sino?
    La espera me quemaba las entrañas. Es una tortura. Había sobrepasado mi límite y no pude aguantar más metido entre aquellas cuatro paredes. Salí de paseo a las dos de la madrugada. Luna llena ilumina los senderos y la zona de pasto del ganado en las afueras.

    Iluso de mí tratando de despejarme. De quitármela de mis pensamientos aunque fuese unos minutos. El tiempo voló. La luna ya escondida y el canto de un gallo me ponen en hora. Tardé bastante en volver a mi guarida pues sin darme cuenta mucho me había alejado. Entonces llegue a la entrada de mi humilde morada y para con mi sorpresa el pájaro de madera del buzón con sus alas listas para echar al vuelo.
    ¡Había llegado la carta! Ahí estaba en letra cursiva su dirección y el nombre de Victoria Greenwood. Mientras abría con ilusión el sobre y penetraba dentro de mi humilde morada. No sabía que tenía sobre mi mayor preponderancia. Sentía el apetito insaciable del ávido lector, pero antes quisiera de empezar a leer la misiva ya quería acabar para poder dedicarle a mi vil y amada súcubo la más sincera de las declaraciones.

    No podía ni figurarme el contenido del escrito. A la luz de la vela mis ojos se clavaron en todas y cada una de las líneas. El viejo pergamino era a una cara y sin ocupar la extensión total de esta. Un mero detalle sin el menor valor.
    Alternaba el trato en sus letras. Cercana se me mostraba en algunas líneas y sin embargo en otras guardaba las distancias. Decía que no volvería a Capital pues nada la ligaba al lugar. Y si, es así y lo comprendo. ¿Quién era yo si para ella no significaba el menor índice de preocupación? Nadie era y, aun así a comprenderlo no por ello me eran menos hirientes sus espinas.

    Aparte el contenido de la misiva expresaba que esperaba respuesta. Y me interrogó sobre el papel de siguiente manera: ´´ ¿Me extrañas?´´.
    En estas palabras terminaba un párrafo y continuaba otro sin ninguna conexión. Todo el aspecto, el contenido de la carta cuán vulgar me pareció entre las indecorosas y gratuitas preguntas y las afirmaciones fuera de lugar.

    Nada importa. Cuando ella marchó con ella mi espíritu, por ende y muy a mi pesar no me demoré en absoluto a empezar mi mensaje. Así transcurrió nuestra comunicación. Carta a carta. E incluso de relación este servidor tachó a eso nuestro que compartimos durante una temporada. Cinco días de tortura era lo que me tardaban en llegar a mi propiedad los mensajes de mi amada. Puede que solo fuese tinta en celulosa. Y así es. Más a mí me resultaba cómodo ese medio de comunicarme con Victoria.
    Descubrí que mediante las cartas podía plasmar todo aquello que mis labios prohibían. Algo frío sin duda. Y falta de muchos factores y puntos a tomar en cuenta.
    No hay comunicación personal directa lo cual significa que no hay miradas que atraviesan el alma. No hay miedo a encontrarse con el océano de sus ojos y tener que elegir acorralado si sumergirme y perderme en ella o sortearlo con recelo. No tenía que arriesgarme a quedar igual que un bobalicón, ponerme en evidencia al hablar o justo por callar.

    La falta de su presencia me ayuda a no enervarme. Todo lo que se puede entender y considerar como defectos yo lo veía como ventajas en las cuales me respaldaba, cobarde caballero. No podía ni siquiera imaginar a buscar una caricia por su vientre, a buscar un impulso que la hiciese gemir al debido gesto de los amantes. Simplemente me era imposible llegar a tanto.
    Pasaron los días y con los días los meses. Sus cartas siempre cada cinco días. Yo le resultaba simpático y le hubiese gustado poder compartir mayor parte de su tiempo con mi persona.
    Como mínimo tales confesiones me resultaban de gran solaz. Yo le agrado. ¡Oh, cuan de grande es el amor que por ti padezco y temo saber a ciencia cierta que tú no compartas el mismo sentimiento hacia a mí!


    Al cabo de un tiempo me atreví a declarar algo que cara a cara no se lo hubiese dicho ni en un millón de lustros. En la siguiente carta me desnudé ante ella expresando todo lo que yo por ella sentía y que no podía pensar en otra cosa que en ella, en ella y solo en ella. Ella.
    Ni imagino cuanto dudé y vacilé en mandar a su destino la correspondiente misiva. Me llegué a arrepentir de hacerlo, me enorgullecí de ello; todas las sensaciones hervían y bullían en mi interior. Me pregunté: ´´ ¿Y si hice mal? Había sido un error llevar a la acción tal ocurrencia. Será mejor que me despida de un próximo mensaje. Al leer mi declaración de amor es probable que no me vuelva a escribir jamás de los jamases´´.


    Nunca antes me había sentido tan inseguro tras ya después de tomar una resolución. El corazón me dio un vuelco cuando su respuesta fue la que nunca pude imaginar. No sé si solo plasmaba en esa carta un sentimiento conmigo en común, y en verdad también me amaba, o tan solo era lo que yo quería ver. No lo pensé en aquel momento; estaba demasiado extasiado como para ello. Ella me había brindado una esperanza y mil ilusiones afloraron. Dejé de ser tan reflexivo y pasé a la acción. Deseaba reunirme con ella y volver a verla.

    Tenía la certeza de que todo iba a ser distinto. Compartimos muchos secretos y confesiones pero si me hubiese parado a pensar durante un solo instante habría caído en la cuenta de que no la conocía en absoluto: no sabía de su situación familiar, que problemas tenía o que adversidades se le habían presentado en la vida. No me contaba nada referido al respecto. Posiblemente porque a las distancias que podía yo hacer salvo que absolutamente nada.
    La busqué sabe Dios que lo hice removiendo tierra, laderas, cordilleras, montañas y bosques. Y no me encontré con otra cosa que mi propia decepción, una y otra vez. El momento del reencuentro no parecía formalizarse nunca. Sin duda no era mutuo. Solo yo quería ir a su encuentro. Un día como otro cualquiera dejé de buscarla (me lo jure a mí mismo). Y más adelante sin aviso ni consideración desapareció como una ilusión que en realidad nunca estuvo ahí. Se perdió como una lagrima en la lluvia.


    ¿Qué sabía yo de su situación personal? Nada. Desconocía por completo esos datos por ende le podía haber pasado cualquier cosa. ¡Cuántas locuras he realizado en pos de nuestra unión pues mi reino por un corazón! No me arrepiento de mis acciones pues mi causa es noble.
    Salía de un salto de la casa con la vana esperanza de encontrar en el buzón una carta que nunca llegó. Por lo menos no tardé en comprender que no volvería a saber de ella. Aunque esto no me resultó ni el más mínimo consuelo.

    Olvidé los momentos buenos (los escasos que tuvimos) y comencé a odiarla. Ahora que la había dejado de buscar era ella quien me encontraba. Intrusa en mis sueños más inhóspitos. Escenas de un enfermo que en su inconsciente se recrea con su amada en la invención de un noviazgo. Solo cuando se sumerge en dimensiones oníricas es suya y están juntos por toda una eternidad.

    Despierto empapado en sudor frío atemorizado por las pesadillas. Pero por un momento mientras duermo llega incluso a parecerme tan real que la felicidad viene a mí para luego irse.
    Si tan solo supiese la razón. Si tan solo supiese que le movió a actuar así. Ese es el peor de mis males. La absoluta ignorancia se cierne sobre mí. La absoluta ignorancia de porque se esfumó como si nunca hubiese sido. Me siguió consumiendo solo que ahora de una manera distinta. El dolor tras su abandono me roía los huesos. Y así pasó el tiempo y a su paso ninguna herida se cerró.
    Y toda herida de alguien que se fue cicatriz será.


    Pasaban meses sin que ella se entrometiera en mi cabeza, en mis recuerdos entonces soñaba con ella y sabía que a pesar del daño jamás podría borrarla de mi mente.

    Y así pasaron los años…


    Aquel día parecía común al resto, normal y corriente. La cocina llena de humo, su madre siempre metida entre cazuelas. Dorian Hyde reposaba sobre un sillón de mimbre hasta que un sonido tan familiar volvió a ser escuchado tras tanto pasado. Se trataba de la campana del cartero que titilaba sin ton ni son. El gorrión del buzón con sus alas en alza.
    Como Dorian solía acostumbrar a guardarse de toda civilización y el exterior en general, el resplandor de la plena mañana casi le tumbó cuando se disponía a recoger el correo.

    El remitente decía Henry Witson. Henry era uno de los tíos de Míster Hyde al cual apenas tenía el gusto de conocer por ende no menos fue su sorpresa al recibir su mensaje de este familiar que en trato poco familiar le resultaba. ´´ ¿Qué asunto me puede ligar ahora para con el tío Henry?´´. Musitaba el señorito Dorian mientras abría el sobre.
    El asunto era que la abuela de Dorian Hyde había muerto. Lugar y fecha del funeral venia informado en la carta. Y por si no fuese poco ahora el señorito Dorian Hyde resultaba el afortunado al que al parecer su abuela (cuando todavía en vida) le hubo destinado la herencia.
    -¡Madre, he de marchar!-anunció Dorian Hyde y sin demora se llevó en una maleta un par de pertenencias las cuales bailaban en el interior. Su madre se había enterado que su hijo Dorian hubo abandonado el lugar para con la hora de la cena. Pues le llamaba y llamaba y al no responder fue a ver qué ocurría.

    Contrató el servicio de un cochero el cual le transportó hasta la estación central de trenes. Los cascos del caballo emitían un curioso sonido contra el empedrado piso. Unas horas después ahí estaba Dorian esperando el primer tren (de los dos que debía tomar) bajo la gran luna, la espesa niebla y los fríos vientos de las tierras del este.
    -¡Pasajeros suban al tren!-exclamó un empleado.
    -Zona emperador o zona normal de compartimento común.
    -Compartimento común.
    ´´No me apetecen derroches innecesarios´´ dijo Dorian para su interior.

    Ahí estaba ese estrecho pasillo, sin puertas ni paredes que separasen el espacio para una habitación. Las enormes maletas sobresalían desde los huecos entre las literas hacia el pasillo lo cual dificultaba el paso. Los jovenzuelos correteando de flanco a flanco.
    Una mujer reñía a su marido por gandul. Otro jugaba a las cartas al juego del tonto mientras destapaba una botella de aguardiente casero. Sus compañeros de fatigas pusieron en la mesita portable que hay bajo la ventana los suministros. Un bote de tomates en vinagre y pepinillos. Carnes frías y salchichas ahumadas, cebollinos, cebolletas, unos dientes de ajo, algo de sal y medio pan negro.

    El compartimento común estaba atestado hasta los topes. Con desespero y maleta en mano buscaba un espacio que apropiarse. Entonces lo vio, casi al final del pasillo. Una litera libre.
    La mezcolanza de olores (alcohol, sudor y mugre) se hacía pesada y el ambiente del vulgo no resultaba ameno precisamente. Sin hacer su cama ni sabanas ni nada se propuso dormir y se echó en la litera superior con la chaqueta por encima. En cada espacio había cuatro literas, dos inferiores y dos superiores. Los espacios apenas se separaban, tan solo por el trecho del pasillo.
    En el espacio vecino dormía un hombre. Pero las literas del lado derecho contaban con dos literas. Estas se encontraban en posición vertical desde una vista de plano. Y las cuatro del lado izquierdo del pasillo en horizontal. Y cuando se dispuso a tumbarse, Dorian, se encontró con un par de malolientes, sucios y negruzcos pies apenas separados de su rostro, tan solo un metro.
    Pues su vecino en vez de dormid con la cabeza hacia el exterior y los pies para el interior, para la ventana, se veía que gustaba del revés. Se bajó Dorian de la litera para cambiar su posición pues la escala altura del techo le impidió maniobrar cómodamente.
    Y allí donde reposaban sus pies pasó a reposar su cabeza y donde su cabeza los pies. Y otra vez de frente se encontró con el mismo espectáculo ya que su otro vecino dormía en la misma posición y con los pies igual de sucios o incluso más que su semejante. Enojado ya, Dorian se volteó dando la espalda a esas aberraciones que tenían aquellos dos por pies e intentó dormir hasta llegar a la próxima estación donde debía de tomar un segundo tren.


    Ni que contar que le resultó un tanto complicado conciliar el sueño entre los juramentos y las maldiciones que se espetaban entre ellos, los borrachos. Para colmo, el compañero de la litera que se encontraba justo debajo de la suya no dedicó su tiempo a otra actividad que comer como un gorrino las minúsculas quisquillas de su cono de periódico.
    Les quitaba las cabezas y las arrojaba al suelo y sin pelarlas se las metía en la boca. Hasta el amanecer se tuvo que dormir con el ruido de los chasquidos.


    A la mañana siguiente el asistente de viaje hizo sonar el metálico timbre con una repetición de seis toques. La señal de que el próximo tren iba a tomar rumbo. Corría Dorian Hyde hecho un guiñapo con el semblante de un viajero exhausto que no ha pegado ojo en toda la noche. La piel grasienta y los labios resecos. En la carrera la mitad de su equipaje se alzó en el aire pues justo quebró el cierre de la maleta.

    Llegó al tren antes de que la férrea bestia partiera y se aseó malamente con el agua del lavamanos del cuarto de baño. A lo cual también aplico ayudándose una pastilla de jabón a medio acabar. En camino a su litera en los compartimentos comunes una azafata le presta su atención.
    -Disculpe, señor, he de interrumpirle: présteme un minuto de su tiempo.
    Las manos del señorito Dorian Hyde rápidamente fueron a parar a los bolsillos en pos del billete de tren que sus dedos no hallaron. ´´ ¡Maldito sea, ahora me echaran a patadas…!´´ pensó.
    Continuó la mujer:
    -Ha quedado disponible una litera y asiento en el compartimento número trece de la zona emperador; debido a que uno de nuestros clientes no ha asistido, y por ende perdido el tren…Si usted gusta le instalaremos vuestro equipaje en el compartimento número trece de la zona emperador. ¿O prefiere quedarse en el compartimento común?
    -Ni harto vino. Uy, perdóneme usted, ya sabe: la emoción.
    Sin reparó aceptó lo que aquella azafata le ofrecía. Después del calvario sufrido en la noche anterior prefería evitar tener que pasar por lo mismo por vez segunda.
    -Si hace el favor de seguirme.

    Rápidamente se acomodó en aquella especie de habitación. El espacio se componía de dos asientos de precio incomparable y de comodidad impagable.

    Encima de estos colgaban dos enormes camas de compartimento; nada que ver con las latas de ocho muelles del compartimento común. Cada una de las dos camas tenía una manta de seda, un edredón nórdico y un ancho y blando colchón. En su asombro y revisión a gran detalle de aquel palacete, interrumpido se vio cuando alguien llamó a la puerta.
    -Pase por favor.
    La puerta corrediza se desplazó hacía un lado y el nuevo huésped penetró el umbral y se introdujo en el compartimento.
    Un hombre adulto que sin estar en su juventud tampoco parecía padecer ni el más ínfimo signo de vejez. Algo en sus andares y en su comportamiento no resultaba común a su propia imagen.
    -Debe usted disculparme: me dijeron que esta habitación del tren se encontraba libre y el personal del lugar me ofreció cambiar mi morada. Usted debe ser el que deba ocupar el lugar.
    -No se preocupe, Sr Hyde. Aquí hay sitio de sobra para dos. De hecho usted se encuentra hoy aquí, precisamente porque el que se supone que iba a ser mi compañero de fatigas no se encuentra aquí en este preciso momento. El doctor ha tenido un inesperado contratiempo…
    -Pero yo…
    -Pero usted, Sr Hyde solo está ocupando una plaza libre que sino la ocupa usted la ocupará otro sujeto. Creo que no hay que decir que está aquí retenido. Por su propia voluntad ha llegado a parar hasta aquí. Por ende si quiere es libre de marchar cuando usted guste.
    -No, prefiero quedarme. Ya llegados hasta este punto.
    -Por la azafata me he adelantado por saber su apellido pero no su nombre. Antes de que diga nada: mi nombre es Mefes Taalis-dijo el extranjero mientras se quitaba el sombrero.
    -Ese acento me resulta familiar. Alemán.
    -Efectivamente. Me he encariñado ya durante demasiado tiempo de casas de cuento y el pintoresco castillo de Baviera. Es usted muy detallista.
    -Por el contrario su nombre me parece casi un enigma.
    -Y lo es al menos para estos tiempos que fluyen. Vengo de un tiempo y año lejano.
    -Soy Hyde como ya sabe. Dorian Hyde. Mucho gusto.
    -El placer es mío pero dejémonos ya de formalismos: es un viaje largo. Debe de haber un tema de interés sobre el cual debatir, ¿no cree?
    -Me preocupa la inminente ascendencia del príncipe; su padre tiene los días contados…
    -¡Mujeres, ni que lo diga!-interrumpió el extranjero.
    -¡¿Mujeres?!
    -Dígame a mí. Siempre confundiendo y mezclando las cosas, los conceptos. Qué problema puede haber que en otro lugar mi Excalibur quiera enterrar y adentrarme en distintas carnes de una joven moza de nívea piel y tiernos manjares. Y fruto rosado aún sin madurar. Pongamos los naipes sobre la mesa. Un asunto es el sexo y otra muy distinta el amor.
    -¡Ni broma con tales temas!
    -Que cuadrado es usted. No tome tanta moral, muy señor mío, no se vaya atragantar.
    -Sabe usted mucho, caballero.
    -Se más por viejo que por…sabio.
    -¿Qué edad tiene usted? No me engañe: usted es joven.
    -¡Oh, querido Dorian! Cuán cuantiosa cantidad es la cifra de mis años. Ni lo imagina, mi temprano amigo. Y pretenderle engañar no trato aun-rio el extranjero-Soy viejo pero me conservo.
    -Si tan viejo es cómo dice ser (y que no lo es, insisto) no le creo, señor mío. He de decir que las apariencias engañan.
    -No podría estar más de acuerdo con usted.
    -Dispénseme caballeros, les traigo él te.
    Se inclinó para servirlo. Parecía que las berzas de la fémina podían derribar las tazas de un instante a otro.
    La puerta corrediza se volvió a deslizar para un lado y otra vez quedaron solo dos individuos en el interior del habitáculo.
    -¿Ha visto?
    -¿Si he visto el que…?
    -No se haga el tonto conmigo, mi querido Dorian. La azafata.
    -¿Si, que ocurrió con la azafata?
    -¿No piensa en ella?
    -¿Debería acaso?
    -No, pero por lo que puedo intuir eso no le resulta un impedimento. La ha visto bien. Examinada la pobre hembra, a grandes rasgos me ha parecido. No me trate de memo que con mis propios ojos lo he visto.
    -Debe de haber una equivocación.
    -Equivocación ninguna, míster Hyde.

    -¡Como voy a pensar en ella! No la conozco y solo es una azafata.
    -No, no la conoce pero eso no le impide imaginarse una escena inundada de concupiscencia con esa gorda tetuda que nos trajo el té. ¡Menudas proporciones! Eso es lo que ha pensado, y no en una casa en el campo, a ella de esposa, niños y perro.
    -Solo es una azafata. ¡Cómo podría!
    -¡Y viva la división de clases y de razas, señor mío! Divide y vencerás. ¿Pero acaso por ser una mera y vulgar trabajadora del personal de tren, por ser una azafata van a estar menos calientes sus carnes?
    -¡Jesús!-exclamó Dorian, horrorizado y el extranjero estornudó de súbito y repitió el señor Hyde-Jesús-para con su estornudo y volvió a estornudar ´´ ¡Achís!
    -Jes…
    -Cállese, cállese. Usted se lo ha imaginado. No lo niegue.
    -¿¡Que insinúa!?
    -Sí, usted, depravado. Sé que le gustaría desvestir a esa rolliza damisela en la sala del carbón, en la locomotora para ver correr su sudor. Tomar sus muslos y metérsela dura en su estrecho y grasiento culo. Mientras a la vez esos titánicos senos oscilan con el galope. La quiere montar. Se la imagina a ella de rodillas. Y con sus manos tendidas sobre el suelo. Usted la quiere sodomizar y sentir en sus manos el tierno y portentoso vientre de esa obesa ramera lasciva de los bajos instintos.

    Mientras que todo esto el extranjero proclamó, ¡señor! No podía dar crédito (Dorian) a lo que escuchaba. Soltaba dispares ademanes de preocupación y mirando con gran alarma a la puerta.
    -¿Tiene miedo de ser escuchado?
    -Ubíquese, caballero ¡Cómo osa!
    -Digo sin temor lo que pienso. Ni que fuese la destrucción del hombre por el hombre. Vaya donde la manceba y trátela con rudeza. Tome una decisión; no vacile: usted lo lograra.
    -No, señor.
    -Ya veo. Igual prefiere a la bella doncella del compartimento número catorce. Abra la puerta. Ahora fíjese, ¿preciosa verdad?
    -Yo no podría…
    -¿Por qué solo una? Eres joven y caballero apuesto y de buena presencia. Atrévase con las dos.
    -No. Y no insista. Pues ni idea se puede usted crear del tema tan delicado del cual trata. No quiero. Ni se le ocurra poner en cuestión ni una vez más mi dignidad y moral. Yo soy hombre recto.
    -No trate de romper complejos que en los espejos se reflejan. No mienta a un mentiroso, hijo. Algo que quiera ocultar no ha de ponerlo tras la moral que es falsa en todos los hombres y en usted en quien más. No enmascare un defecto como virtud. No suspire. Es la balanza. La gracia del hacedor. Mire yo sin ir más lejos.

    Míster Dorian Hyde lo observaba extrañado.
    -Sí, yo. Escucha muchacho: yo ni la mitad de tu puta beldad poseo pero habilidoso el que más soy para con las mujeres. Las encandilo y las encanto. Y tu belleza sin embargo no te acompaña de la destreza para con ellas. Ay, amigo. Pan al que no tiene dientes.
    -Tenga consideración y tacto, señor Mefes.
    -Tiene razón; no quisiera perpetuar una cuerda de piano en tensión en La menor. Dígame, señor Hyde. ¿Cuál es el motivo de su viaje?
    -Un pariente mío ha fallecido: he de ir al funeral a arreglar el papeleo de la herencia. Ya se figurará como son esas diligencias.
    -¿Cuál es el premio, amigo?
    -Un caserón.
    -Ahora joven, soltero (vivirá solo y sin familia además, supongo) y con casa propia. Soltero dorado serás. Lejos de los tuyos y de tu hogar, ¿Por qué no desviarse un poco? Es tu casa, no hay autoridad que debas temer. Pues ese es el pecado solo que no lo has entendido hasta ahora pero déjame: yo te lo explicaré.
    -¿Qué quiere decir?
    -Invita a rufianes y mujeres fáciles y alegres de la vida. Copulad y joded entre vosotros. ¿Qué te lo impide?
    -Me instalaré allí y dedicare mis horas al trabajo para los editores. Y también al cuidado de la casa.
    -La moral no es nada. Lo que importa es que el hombre sepa lo que quiere y a quien ha de pedírselo. Entonces dejara toda virtud atrás a cambio de su deseo.

    Dorian Hyde lo escuchaba cautivo de su elocuencia.


    El extranjero venido de Baviera causaba un contundente influjo sobre el señor Hyde. Atento a cada palabra que el nuevo huésped pronunciaba lo escuchaba como si aquello que proclamaba el alemán fuese dicho por vez primera. Dorian nunca trató algo semejante antes.
    En el huésped se cernía un aura de misterio, un misticismo voraz. Una genialidad devoradora que no dejaba lugar a dudas a nada que el huésped pudiese explicar.
    -La moral es una creencia, señor Dorian. El precio del hombre es una certeza. Y así será para siempre en el efímero trayecto de nuestra historia. Solo hay que saber a quién acudir. Yo aquí he de bajar. Siento que nuestros caminos se han de separar ahora pero presiento que este fortuito encuentro no será el último, señor Dorian. Le deseo éxito en cualquier empresa que se disponga.


    Algo raro le sucedía. Algo que bien lo sentía y sabía que estaba ahí. Era algo que le resultaba poco menos que posible explicar. ¿Pues no son acaso las palabras que condicionan? Limitan y una vez dichas, escritas y expuestas la esencia se pierde. Tras la marcha del huésped, Dorian parecía entender algo que jamás hubiese podido imaginar. Es como si Mefes Taalis le hubiera dado, otorgado un secreto que a ciencia cierta ni el propio señor Hyde conocía y a su vez le hubiese arrebatado algo de lo cual tampoco parecía tener la menor idea.


    El funeral, los individuos, vestidos de negro, las condolencias y el resto de la parafernalia correspondiente a la ceremonia. Pasado ya ello llegó el papeleo, la audiencia con el notario y el resto de parientes. Dorian era el blanco de los otros que su sangre comparten pero en menor medida. La abuela no tenía más fortuna que el caserón el cual le tocó al señor Hyde. Y los primos y tíos de Dorian ardían de envidia pues en la repartición de bienes les tocaron para sus posesiones puras bagatelas que la vieja se había negado a tirar. Una caja de sellos, muñecas de porcelana y artículos de marinero, recuerdos de su difunto marido.

    No tardó como bien dijo en instalarse y trabajar en su nueva propiedad. Su editor esperaba un neo-manuscrito sin embargo no le ató esta vez con fechas límites. Dorian tenía tiempo de sobra para concentrar y ponerse a trabajar. Aunque, curiosamente el tiempo era el problema, le ahogaba y le apretaba. El tiempo le sobraba y no sabía ni que hacer y nada se le ocurría ante el pálido folio. ´´Lo mejor será refrescarse. Dudo de que vengan duendes y me allanen el camino´´.

    Era de madrugada, un lugar pintoresco. Uno de estas que gozan de la llamada paz temporal. Tenía gran interés en subir a alturas, a la colina y estar por encima y alejado de sus comunes. ´´Aquí hallare tranquilidad y el privilegio de contemplar el paisaje a espaldas de la edificación y encima poder disfrutarlo en soledad´´.
    Para con su asombro alguien se hubo adelantado. Una delicada silueta yacía en un remanso de paz apoyada en el tronco de un roble. Le pareció momento de retroceder, de buscar un refugio desolado en otras lejanías de la civilización. Entonces dio un paso atrás con fortuna de pisar un par de ramas secas.

    El crujido sonó cual trueno en una noche de verano. Y la misteriosa silueta se hizo ver. Resultaba una temprana muchacha de inocente belleza; tanto que ni ella parecía percatarse de su beldad. Las muchachas crecen, cuan tiernas flores maduran. Pasan a ser mujeres y en el espejo se contemplan y vuelven a presumirse a ellas mismas en caso de no haber alguien en alrededor de compañía. Ella era una muchacha aún; ni se imaginaba el influjo de su poder.

    Cuantas ganas y oportunidad soportaba en aquel entonces el señor Hyde de poner pies en polvorosa. De voltear sobre sus talones y no echar la vista atrás. De huir de algo que no entiende y que aún menos puede alcanzar. Y por supuesto nada más lejos de la realidad. Sintió impotencia ante la situación de no saber qué hacer ni que decir y volvió en carrera a su morada mientras ella lo divisaba (levantada al pie del roble) alejándose por el horizonte. El crepúsculo de Arkturus se lo llevó con él.

    ´´ ¡Demonios, siempre la misma cantinela! Si tan solo todo lo que quisiera decirla fluyese por mi boca. Tan sencillo parece ser; les he visto a ellos, como los galanes de turno cortejaban (sin gracia) a una y a otra o aquella muchacha. ¿Por qué algo tan sencillo y común para los demás a mí me acelera el corazón y me deja en desaliento?´´. Sus ojos de un tono marrón y miel, su melena lisa y rubia de media medida. Más baja que alta su estampa. Hasta el mínimo rasgo de su imagen quedó prendido en el recuerdo de Dorian.

    Se repetía aquella que era la misma historia de siempre: el agotaría en la noche por ella hasta su último suspiro. La examinaría de soslayo; fantasearía con ella mil y unas vidas distintitas mientras tanto, ella apenas tendría conocimiento de su existencia. El señorito Dorian veía en ella su belleza pero una tarde conversando consigo mismo (para conservar las costumbres) alcanzó una amarga conclusión. Y que de no haber alcanzado mejor para con él hubiese sido al verse la ignorancia casada con el bienestar y la felicidad.


    Dorian no era feliz ni ignorante. Concluyó que el valor de la belleza es mayormente superficial de lo que se podía figurar. Atinó con un dardo para su corazón pensando que apreciaba la belleza de las féminas como el que más debido a que era lo único de lo que él podía dar testimonio. Y como lo peor aún sigue es que, reflexionó y supo que aquello era una virtud menor (como Dorian lo consideraba) debido a que cualquiera podía observar y estar en conciencia de la hermosura de una muchacha.
    Lo realmente bello era el corazón puro de una mujer algo que él nunca podrá conocer ya que había que sumergirse en pareja a un abismo formando un vínculo. Dorian no podría ni dar con el umbral. Aquello requería un acercamiento intimo para con ella.


    Él solo podía conocer la belleza. A vista de cualquiera. Tan limitado resultaba ser Dorian que solo podía permitirse conocer la belleza y no tomarla. Las palabras de Mefes Taalis resonaban cuan campanas: ´´´Todos tienen un precio. Todos tienen un deseo: solo hay que saber a quién pedir´´. A su mente vino un salmo; totalmente desconocido para el que jamás hubo escuchado y lo empezó a recitar. En voz muy baja el sonido casi escapaba al aire.
    Daba vueltas y vueltas por la expansión del salón mientras recitaba aquel misterioso cantico. Los vidrios de las lámparas de aceite quebraron. Las cortinas comenzaron a bailar por si solas sin salirse del perímetro. Lenguas muertes que revivían y retumbaban en cada esquina del caserón. Estaban furiosas.
    Las voces proclamaban con vehemencia e ira pero Dorian no las pudo comprender. Su tez empalideció (aún más que de costumbre).
    Si. Es buen relato

  11. #11
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    Cita Iniciado por Penumbra Ver mensaje
    con estos párrafos es muy dificil juzgar.
    ¿Algún consejo para aprender a emparrafar?


    Cita Iniciado por Redios Ver mensaje
    No está mal, bienvenido y tal.
    Gracias!
    Me gusta A Redios le gusta esto

  12. #12
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    Cita Iniciado por Majora Ver mensaje
    Me parece que como no hagas una presentación en condiciones mañana igual te despiertas con un puñal en el esternón
    y porque el esternón?
    Totally Fucked

  13. #13
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  14. #14
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    Cita Iniciado por Giovanni Ver mensaje
    No recuerdo exactamente el motivo pero ahí estaba. En la mesa del rincón como siempre, tomando en la taberna de ´´La bota coja´´. Miraba a examen a cada uno de los sujetos y ahogaba mi mirada en un licor de ocre atardecer. De repente y sin saber cómo ella se acercó. Y se sentó en la misma mesa que yo, en el banco de enfrente. Empecé a examinarla ópticamente con la mayor cautela que me fuese permitido.

    Sus ropajes no eran algo presuntuoso ni nada provocativo. Su vestimenta guardaba la discreción justa. Al igual que su pecho que era discreto y a la par aquellos mismos moldeados por un ´´maese´´ renacentista. Su ropa era sencilla sin resultar vulgar pues algo había. Llamémoslo toque personal. Seguí subiendo la mirada. El cuello desnudo, blanco como la porcelana más fina pero con el calor de un volcán de Pompeya.

    Seguí subiendo y ojala no lo hubiese hecho en el jamás de los jamases por lo que vi. Debí de haberme terminado mi copa, levantarme huraño y arisco sin prestarla la más mínima atención; y largarme con viento fresco a mi estudio. Así, como el que no quiere la cosa. Juro por dios (el que sea) que poco menos que imposible me resultó evitar su encanto. ¡Oh, cuan imposible! Cuando contemplé su boca supe que estaba perdido. No eran unos labios corrientes, no carnosos en extremo.
    Eran perfectamente carnosos, en armonía; solo un poco al igual que esa pincelada que termina una obra cumbre cuando en caso contrario se puede echar a perder con la brocha.

    El calor rosa de sus labios pálidos, ligeramente apagados. Sus blancos dientes se atisbaban mediante sus labios entreabiertos. A esas alturas ya me encontraba con nervios a flor de piel. Mis ojos seguían ávidos, era peor que el hechizo de un súcubo, lo único que ella no era obscena, ni explicita, sino todo lo contrario pero también a su par algo atrevida.


    Lo supe en la expresión de su boca, en la comisura de sus labios. Eran los labios más inocentes y bellos que había visto. Cuan secos se encontraban los míos que me llevé el cristal a la boca y metí un buen trago mientras la seguía observando desde esa transparente pared y sintiéndome estúpidamente protegido.

    La nariz ligeramente perfilada, esculpida por el mismísimo Miguel Ángel. Dejé mi copa en cuanto vi sus ojos los cuales se encontraron en los míos. Sentía como el corazón dejaba de latir y el aire me abandonaba. Ella tenía el poder de que todo girase a su son. O por lo menos eso creí. Sentí que solo éramos ella y yo en el lugar. Sabía que ese influjo provenía de ella.

    Ella hacía aflorar esa sensación de que era nuestro momento. Nuestra historia, nuestro tiempo y que nada más existía aparte de nosotros dos. La vista se me empezó a nublar, huía con recelo de su mirada, de esos ojos azules que se incrustaban en el alma. Tenía mi cabeza gacha, concentrada torpemente en el vaso vacío a la par que sabía que ella me miraba. Me observaba. ¡Demonios, vaya que sí! Creí desfallecer de un momento para otro y cuan estúpido soy al volar por mi cabeza los siguientes miedos: ´´No estoy con mi mejor traje…´´ ´´Seguro que me ve como a un pobre tonto´´.

    Entonces ella dijo algo. Creo que fue:
    -¿Siempre eres así de hablador?
    Fue entonces cuando una basta y molesta armadura se cayó a pedazos. Tan ligero y ameno era mi estado como desprotegido. Por lo menos a modo de solaz (que no era poco) el aire volvía a encontrarme y el corazón latía de nuevo. En mi mollera se formulaban cientos de respuestas válidas, puentes propiamente dichos para llevar la conversación a terreno llano pero con mi voz solo pude pronunciar:
    -No.
    De lo que no me había dado cuenta es que igual había pasado un lapso de casi diez minutos.
    -¿Sueles tardar tanto?-suspiró ella-a este ritmo…
    -¡A la mierda!-se hubo apoderado de mi estampa el fantasma del señor Fernando Fernán Gómez-Habrase visto ¡Yo no tengo que aguantar esto!-exclamé ofuscado por mi dignidad herida y me dispuse a marchar con paso ligero…
    -¡Espera! No quería hacerte enfadar. Quédate.

    ¡Cómo podría irme! Pensé. Su frágil y tierna voz me paralizaba, me controlaba. Ella podía jugar conmigo por completo como a ella le plazca. Mentiría descabelladamente si dijese que esperaba una disculpa por su parte. Me conformaba con simplemente escucharla.

    Mas no era con ella quien realmente me hallaba enfadado sino que aquí, con presente servidor. Aquella noche fue la más efímera de mi vida que me cabe recordar. Hablamos de todo pero realmente de nada. Todo temas banales, superficiales, conversando y prestando importancia a las cosas que no la tenían. Así fue mejor. No quería tocar ningún punto trascendental: temía llegarle a parecer pedante. Era muy pronto.

    Apenas cuando me empezaba a soltar la velada tocaba a su cierre. Casi no pude fijar mis ojos en los suyos y decirla lo que realmente quería. Esa belleza extranjera secuestró toda mi curiosidad y luego mi atención. Solo sé que estaba de paso; no era de la capital. Quise saber por su nombre y si la volvería a ver alguna vez pero ya se había ido.
    No me olvide de sus ojos. Esos ojos…Pienso en ella a la luz de vela y así el amanecer una y otra vez.

    La espero en ´´la bota coja´´. ¿Pero porque debería de venir? Yo a ella no la ato a ningún compromiso. No la he vuelto a encontrar. Solo en los sueños de reposo me encuentro con ella y todo ocurre como me hubiese gustado.
    No viene. Ella no viene. Ella inyecta el veneno y se esfuma. ¿Y ahora? Me niego a pensar en que fue un improvisto encuentro por dos desconocidos. Que se pierda ese momento en el azar y el infortunio. Es un precio muy alto a pagar. ¿Es este el sino que me depara?

    Entonces volvió a ocurrir. Cuando no tenía yo ya ninguna esperanza depositada de ningún encuentro esporádico; ella apareció incluso más bella que el primer día que la vi. La luz de luna parecía sirviente de esta, mi gran Venus de cabellos azabache.
    -¿Me has echado de menos?
    Me limité a negarlo rotundamente casi en tal tensión que parecía yo mismo negar mi negativa.
    -Puede…no…como podría hacerlo… ¿Qué quieres?
    -Que personaje tan inteligente eres que puedes dar con cuatro respuestas a una sola pregunta. ¿Qué quiero? No soy yo quien se pasa aquí día y noche. Puede que te quiera a ti.
    -Te diviertes jugando conmigo. No digas lo que quiero escuchar.
    -Digo lo que quiero, tanto por voluntad a que no me calles como por deseo de realizar.
    -Eso es mentira-proclamé de inmediato levantándome del banco.
    -Si te vas nunca lo sabrás. Solo tejeras teorías de algo que pudo haber sucedido o no. ¿Acaso te marcharas antes de tan solo intentarlo?
    Volví a mi lugar. Apreté los dientes. El cristal casca. Los labios sangran.
    -¡Bruto! Aguarda, no te muevas.
    -¡Que piensas hacer!-dije hostilmente pero siguió con su voluntad ignorando mi molestia por completo.
    Se acercó a mí. Sacó un pañuelo, lo mojó en mi trago y lo posó en mis labios.
    Las yemas de sus dedos se deslizaron por mi rostro. Suavemente, muy suavemente tal igual que la brisa de mayo. Aquella noche no me desprendí de su intensa mirada ni por el más ínfimo instante.
    -No preguntes algo que ya sabes.
    -¿Qué te hace pensar que lo sé? Yo no sé nada sobre ti, por eso te pregunto.
    -Está bien. ¿Qué quieres saber?
    Vaciló y demoró en su expresión y luego dijo:
    -Yo quiero saber…algo. Algo que no te diré aun. Además, tú te encuentras ávido por encontrarte con respuestas.
    -Nunca me había pasado esto antes…
    -Dime.
    -No…no lo puedo explicar. Por más que quisiese hacerlo no me resulta posible.
    Ella rio tímidamente. Hasta el más mínimo detalle formaba parte de su plan.
    Tomé aliento e interrogué:
    -¿Cómo te llamas? Me gustaría saberlo si no es indiscreción.
    -Mi nombre es Victoria. Victoria Greenwood.
    -Victoria…-repetí maquinalmente en un suspiro inevitable.
    -Aunque el caballero es quien se debe nombrar antes. Por lo que veo pocos ya quedan. Pero aun así dígame: ¿con quién tengo el placer de tratar?
    -¡Cabeza esta! Cuánto lo lamento. Debí de presentarme antes. Soy Dorian Hyde.
    -Vamos, Dorian. No se lo tome tan a pecho. Tan solo estaba bromeando. Dime, Dorian ¿Qué es aquello que le corroe? Lo puedo notar: hay algo que le inquieta en extremo.
    -Usted-dije inconscientemente y sin la menor voluntad tapándome la boca acto seguido como si nunca hubiese que esa palabra saliese de mis adentros.
    -No te has de sentir culpable por tan solo decir lo que piensas, Dorian. Relájate. Sigue…
    Negué oscilando el cráneo de flanco a flanco. Me cerré en banda a continuar con la confesión: me resultaba tremendo horror tener que comunicarla nada y aún menos delante de su persona.

    ´´Apenas la conozco; o lo que es peor: ella apenas me conoce. ¡Qué pensaría si dijese así sin más ni menos que no me la puedo quitar del recuerdo y que cada instante a su lado me es el más preciado tesoro!´´.
    Y otra e irremediablemente vez me sumergía en el océano de sus ojos. Yo, un completo manojo de nervios. Pero como no estarlo cuando el fruto de tus sueños existe, vive y respira en tierra y aún uno tiene la inmensa fortuna de estar a su lado. Ella me hablaba de algo que entendía a medias pues tenía la mente en otro lado.

    Me hablaba de existencialismo, de Kafka y también de Wagner. Que la opera estaba bien ya que era lo menos grafico posible. Son meras interpretaciones tan solo un adorno acompañante a las divinas arias. Decía que como se puede atrever esos directores de teatro del tres al cuarto llevar a Sigfrido o Siegfried a las tablas.
    Ella proclamaba que el dragón iba a quedar muy malamente representado.

    Que solo tenían la opción de una imagen acartonada con tres o cuatro articulaciones o un ridículo traje de gomaespuma verde y que cualquiera de las dos vías a tomar le disgustaba sobremanera. Ella seguía y seguía y como me hubiese gustado prestarle toda mi atención a esa cálida voz. Prestarle a ella todo mi tiempo, mi voluntad y mi vida y no restringirme a responder cortas respuestas y mostrarme de acuerdo con ella.

    La quería conocer aún más y más pero se me encogía el alma pensando si la iba o no a volver a ver.
    -¿Cuánto tiempo te quedas?-interrumpí.
    -¿Por qué lo quieres saber?
    -Me gustaría tener la certeza de si nos volveremos a encontrar.
    -Parto mañana. No te diré aun a donde. ¿Cómo se puede saber? Quién sabe. Tal vez nuestros caminos se vuelvan a cruzar. No te preocupes: te escribiré. No. No digas nada; yo ya lo sé.


    Parecía una bestia enjaula. Dando vueltas en mí estudio. Esperando impaciente una misiva que lleve su nombre. No podía esperar a que llegase el momento. Y entonces escribirla. Escribirla todo lo que quise y no pude decir. Que pueda parecer un loco pero que la amo.

    Transcurrió el tiempo de una semana. Seguía esperando, ávido lector de su carta que parecía no llegar… ¿Y si no hay carta? ¿Realmente ella sabía ya la dirección de mi domicilio? Le habré parecido un extraño sujeto y lo diría solo para quitarme del medio. ¿Por qué iba a escribirme sino?
    La espera me quemaba las entrañas. Es una tortura. Había sobrepasado mi límite y no pude aguantar más metido entre aquellas cuatro paredes. Salí de paseo a las dos de la madrugada. Luna llena ilumina los senderos y la zona de pasto del ganado en las afueras.

    Iluso de mí tratando de despejarme. De quitármela de mis pensamientos aunque fuese unos minutos. El tiempo voló. La luna ya escondida y el canto de un gallo me ponen en hora. Tardé bastante en volver a mi guarida pues sin darme cuenta mucho me había alejado. Entonces llegue a la entrada de mi humilde morada y para con mi sorpresa el pájaro de madera del buzón con sus alas listas para echar al vuelo.
    ¡Había llegado la carta! Ahí estaba en letra cursiva su dirección y el nombre de Victoria Greenwood. Mientras abría con ilusión el sobre y penetraba dentro de mi humilde morada. No sabía que tenía sobre mi mayor preponderancia. Sentía el apetito insaciable del ávido lector, pero antes quisiera de empezar a leer la misiva ya quería acabar para poder dedicarle a mi vil y amada súcubo la más sincera de las declaraciones.

    No podía ni figurarme el contenido del escrito. A la luz de la vela mis ojos se clavaron en todas y cada una de las líneas. El viejo pergamino era a una cara y sin ocupar la extensión total de esta. Un mero detalle sin el menor valor.
    Alternaba el trato en sus letras. Cercana se me mostraba en algunas líneas y sin embargo en otras guardaba las distancias. Decía que no volvería a Capital pues nada la ligaba al lugar. Y si, es así y lo comprendo. ¿Quién era yo si para ella no significaba el menor índice de preocupación? Nadie era y, aun así a comprenderlo no por ello me eran menos hirientes sus espinas.

    Aparte el contenido de la misiva expresaba que esperaba respuesta. Y me interrogó sobre el papel de siguiente manera: ´´ ¿Me extrañas?´´.
    En estas palabras terminaba un párrafo y continuaba otro sin ninguna conexión. Todo el aspecto, el contenido de la carta cuán vulgar me pareció entre las indecorosas y gratuitas preguntas y las afirmaciones fuera de lugar.

    Nada importa. Cuando ella marchó con ella mi espíritu, por ende y muy a mi pesar no me demoré en absoluto a empezar mi mensaje. Así transcurrió nuestra comunicación. Carta a carta. E incluso de relación este servidor tachó a eso nuestro que compartimos durante una temporada. Cinco días de tortura era lo que me tardaban en llegar a mi propiedad los mensajes de mi amada. Puede que solo fuese tinta en celulosa. Y así es. Más a mí me resultaba cómodo ese medio de comunicarme con Victoria.
    Descubrí que mediante las cartas podía plasmar todo aquello que mis labios prohibían. Algo frío sin duda. Y falta de muchos factores y puntos a tomar en cuenta.
    No hay comunicación personal directa lo cual significa que no hay miradas que atraviesan el alma. No hay miedo a encontrarse con el océano de sus ojos y tener que elegir acorralado si sumergirme y perderme en ella o sortearlo con recelo. No tenía que arriesgarme a quedar igual que un bobalicón, ponerme en evidencia al hablar o justo por callar.

    La falta de su presencia me ayuda a no enervarme. Todo lo que se puede entender y considerar como defectos yo lo veía como ventajas en las cuales me respaldaba, cobarde caballero. No podía ni siquiera imaginar a buscar una caricia por su vientre, a buscar un impulso que la hiciese gemir al debido gesto de los amantes. Simplemente me era imposible llegar a tanto.
    Pasaron los días y con los días los meses. Sus cartas siempre cada cinco días. Yo le resultaba simpático y le hubiese gustado poder compartir mayor parte de su tiempo con mi persona.
    Como mínimo tales confesiones me resultaban de gran solaz. Yo le agrado. ¡Oh, cuan de grande es el amor que por ti padezco y temo saber a ciencia cierta que tú no compartas el mismo sentimiento hacia a mí!


    Al cabo de un tiempo me atreví a declarar algo que cara a cara no se lo hubiese dicho ni en un millón de lustros. En la siguiente carta me desnudé ante ella expresando todo lo que yo por ella sentía y que no podía pensar en otra cosa que en ella, en ella y solo en ella. Ella.
    Ni imagino cuanto dudé y vacilé en mandar a su destino la correspondiente misiva. Me llegué a arrepentir de hacerlo, me enorgullecí de ello; todas las sensaciones hervían y bullían en mi interior. Me pregunté: ´´ ¿Y si hice mal? Había sido un error llevar a la acción tal ocurrencia. Será mejor que me despida de un próximo mensaje. Al leer mi declaración de amor es probable que no me vuelva a escribir jamás de los jamases´´.


    Nunca antes me había sentido tan inseguro tras ya después de tomar una resolución. El corazón me dio un vuelco cuando su respuesta fue la que nunca pude imaginar. No sé si solo plasmaba en esa carta un sentimiento conmigo en común, y en verdad también me amaba, o tan solo era lo que yo quería ver. No lo pensé en aquel momento; estaba demasiado extasiado como para ello. Ella me había brindado una esperanza y mil ilusiones afloraron. Dejé de ser tan reflexivo y pasé a la acción. Deseaba reunirme con ella y volver a verla.

    Tenía la certeza de que todo iba a ser distinto. Compartimos muchos secretos y confesiones pero si me hubiese parado a pensar durante un solo instante habría caído en la cuenta de que no la conocía en absoluto: no sabía de su situación familiar, que problemas tenía o que adversidades se le habían presentado en la vida. No me contaba nada referido al respecto. Posiblemente porque a las distancias que podía yo hacer salvo que absolutamente nada.
    La busqué sabe Dios que lo hice removiendo tierra, laderas, cordilleras, montañas y bosques. Y no me encontré con otra cosa que mi propia decepción, una y otra vez. El momento del reencuentro no parecía formalizarse nunca. Sin duda no era mutuo. Solo yo quería ir a su encuentro. Un día como otro cualquiera dejé de buscarla (me lo jure a mí mismo). Y más adelante sin aviso ni consideración desapareció como una ilusión que en realidad nunca estuvo ahí. Se perdió como una lagrima en la lluvia.


    ¿Qué sabía yo de su situación personal? Nada. Desconocía por completo esos datos por ende le podía haber pasado cualquier cosa. ¡Cuántas locuras he realizado en pos de nuestra unión pues mi reino por un corazón! No me arrepiento de mis acciones pues mi causa es noble.
    Salía de un salto de la casa con la vana esperanza de encontrar en el buzón una carta que nunca llegó. Por lo menos no tardé en comprender que no volvería a saber de ella. Aunque esto no me resultó ni el más mínimo consuelo.

    Olvidé los momentos buenos (los escasos que tuvimos) y comencé a odiarla. Ahora que la había dejado de buscar era ella quien me encontraba. Intrusa en mis sueños más inhóspitos. Escenas de un enfermo que en su inconsciente se recrea con su amada en la invención de un noviazgo. Solo cuando se sumerge en dimensiones oníricas es suya y están juntos por toda una eternidad.

    Despierto empapado en sudor frío atemorizado por las pesadillas. Pero por un momento mientras duermo llega incluso a parecerme tan real que la felicidad viene a mí para luego irse.
    Si tan solo supiese la razón. Si tan solo supiese que le movió a actuar así. Ese es el peor de mis males. La absoluta ignorancia se cierne sobre mí. La absoluta ignorancia de porque se esfumó como si nunca hubiese sido. Me siguió consumiendo solo que ahora de una manera distinta. El dolor tras su abandono me roía los huesos. Y así pasó el tiempo y a su paso ninguna herida se cerró.
    Y toda herida de alguien que se fue cicatriz será.


    Pasaban meses sin que ella se entrometiera en mi cabeza, en mis recuerdos entonces soñaba con ella y sabía que a pesar del daño jamás podría borrarla de mi mente.

    Y así pasaron los años…


    Aquel día parecía común al resto, normal y corriente. La cocina llena de humo, su madre siempre metida entre cazuelas. Dorian Hyde reposaba sobre un sillón de mimbre hasta que un sonido tan familiar volvió a ser escuchado tras tanto pasado. Se trataba de la campana del cartero que titilaba sin ton ni son. El gorrión del buzón con sus alas en alza.
    Como Dorian solía acostumbrar a guardarse de toda civilización y el exterior en general, el resplandor de la plena mañana casi le tumbó cuando se disponía a recoger el correo.

    El remitente decía Henry Witson. Henry era uno de los tíos de Míster Hyde al cual apenas tenía el gusto de conocer por ende no menos fue su sorpresa al recibir su mensaje de este familiar que en trato poco familiar le resultaba. ´´ ¿Qué asunto me puede ligar ahora para con el tío Henry?´´. Musitaba el señorito Dorian mientras abría el sobre.
    El asunto era que la abuela de Dorian Hyde había muerto. Lugar y fecha del funeral venia informado en la carta. Y por si no fuese poco ahora el señorito Dorian Hyde resultaba el afortunado al que al parecer su abuela (cuando todavía en vida) le hubo destinado la herencia.
    -¡Madre, he de marchar!-anunció Dorian Hyde y sin demora se llevó en una maleta un par de pertenencias las cuales bailaban en el interior. Su madre se había enterado que su hijo Dorian hubo abandonado el lugar para con la hora de la cena. Pues le llamaba y llamaba y al no responder fue a ver qué ocurría.

    Contrató el servicio de un cochero el cual le transportó hasta la estación central de trenes. Los cascos del caballo emitían un curioso sonido contra el empedrado piso. Unas horas después ahí estaba Dorian esperando el primer tren (de los dos que debía tomar) bajo la gran luna, la espesa niebla y los fríos vientos de las tierras del este.
    -¡Pasajeros suban al tren!-exclamó un empleado.
    -Zona emperador o zona normal de compartimento común.
    -Compartimento común.
    ´´No me apetecen derroches innecesarios´´ dijo Dorian para su interior.

    Ahí estaba ese estrecho pasillo, sin puertas ni paredes que separasen el espacio para una habitación. Las enormes maletas sobresalían desde los huecos entre las literas hacia el pasillo lo cual dificultaba el paso. Los jovenzuelos correteando de flanco a flanco.
    Una mujer reñía a su marido por gandul. Otro jugaba a las cartas al juego del tonto mientras destapaba una botella de aguardiente casero. Sus compañeros de fatigas pusieron en la mesita portable que hay bajo la ventana los suministros. Un bote de tomates en vinagre y pepinillos. Carnes frías y salchichas ahumadas, cebollinos, cebolletas, unos dientes de ajo, algo de sal y medio pan negro.

    El compartimento común estaba atestado hasta los topes. Con desespero y maleta en mano buscaba un espacio que apropiarse. Entonces lo vio, casi al final del pasillo. Una litera libre.
    La mezcolanza de olores (alcohol, sudor y mugre) se hacía pesada y el ambiente del vulgo no resultaba ameno precisamente. Sin hacer su cama ni sabanas ni nada se propuso dormir y se echó en la litera superior con la chaqueta por encima. En cada espacio había cuatro literas, dos inferiores y dos superiores. Los espacios apenas se separaban, tan solo por el trecho del pasillo.
    En el espacio vecino dormía un hombre. Pero las literas del lado derecho contaban con dos literas. Estas se encontraban en posición vertical desde una vista de plano. Y las cuatro del lado izquierdo del pasillo en horizontal. Y cuando se dispuso a tumbarse, Dorian, se encontró con un par de malolientes, sucios y negruzcos pies apenas separados de su rostro, tan solo un metro.
    Pues su vecino en vez de dormid con la cabeza hacia el exterior y los pies para el interior, para la ventana, se veía que gustaba del revés. Se bajó Dorian de la litera para cambiar su posición pues la escala altura del techo le impidió maniobrar cómodamente.
    Y allí donde reposaban sus pies pasó a reposar su cabeza y donde su cabeza los pies. Y otra vez de frente se encontró con el mismo espectáculo ya que su otro vecino dormía en la misma posición y con los pies igual de sucios o incluso más que su semejante. Enojado ya, Dorian se volteó dando la espalda a esas aberraciones que tenían aquellos dos por pies e intentó dormir hasta llegar a la próxima estación donde debía de tomar un segundo tren.


    Ni que contar que le resultó un tanto complicado conciliar el sueño entre los juramentos y las maldiciones que se espetaban entre ellos, los borrachos. Para colmo, el compañero de la litera que se encontraba justo debajo de la suya no dedicó su tiempo a otra actividad que comer como un gorrino las minúsculas quisquillas de su cono de periódico.
    Les quitaba las cabezas y las arrojaba al suelo y sin pelarlas se las metía en la boca. Hasta el amanecer se tuvo que dormir con el ruido de los chasquidos.


    A la mañana siguiente el asistente de viaje hizo sonar el metálico timbre con una repetición de seis toques. La señal de que el próximo tren iba a tomar rumbo. Corría Dorian Hyde hecho un guiñapo con el semblante de un viajero exhausto que no ha pegado ojo en toda la noche. La piel grasienta y los labios resecos. En la carrera la mitad de su equipaje se alzó en el aire pues justo quebró el cierre de la maleta.

    Llegó al tren antes de que la férrea bestia partiera y se aseó malamente con el agua del lavamanos del cuarto de baño. A lo cual también aplico ayudándose una pastilla de jabón a medio acabar. En camino a su litera en los compartimentos comunes una azafata le presta su atención.
    -Disculpe, señor, he de interrumpirle: présteme un minuto de su tiempo.
    Las manos del señorito Dorian Hyde rápidamente fueron a parar a los bolsillos en pos del billete de tren que sus dedos no hallaron. ´´ ¡Maldito sea, ahora me echaran a patadas…!´´ pensó.
    Continuó la mujer:
    -Ha quedado disponible una litera y asiento en el compartimento número trece de la zona emperador; debido a que uno de nuestros clientes no ha asistido, y por ende perdido el tren…Si usted gusta le instalaremos vuestro equipaje en el compartimento número trece de la zona emperador. ¿O prefiere quedarse en el compartimento común?
    -Ni harto vino. Uy, perdóneme usted, ya sabe: la emoción.
    Sin reparó aceptó lo que aquella azafata le ofrecía. Después del calvario sufrido en la noche anterior prefería evitar tener que pasar por lo mismo por vez segunda.
    -Si hace el favor de seguirme.

    Rápidamente se acomodó en aquella especie de habitación. El espacio se componía de dos asientos de precio incomparable y de comodidad impagable.

    Encima de estos colgaban dos enormes camas de compartimento; nada que ver con las latas de ocho muelles del compartimento común. Cada una de las dos camas tenía una manta de seda, un edredón nórdico y un ancho y blando colchón. En su asombro y revisión a gran detalle de aquel palacete, interrumpido se vio cuando alguien llamó a la puerta.
    -Pase por favor.
    La puerta corrediza se desplazó hacía un lado y el nuevo huésped penetró el umbral y se introdujo en el compartimento.
    Un hombre adulto que sin estar en su juventud tampoco parecía padecer ni el más ínfimo signo de vejez. Algo en sus andares y en su comportamiento no resultaba común a su propia imagen.
    -Debe usted disculparme: me dijeron que esta habitación del tren se encontraba libre y el personal del lugar me ofreció cambiar mi morada. Usted debe ser el que deba ocupar el lugar.
    -No se preocupe, Sr Hyde. Aquí hay sitio de sobra para dos. De hecho usted se encuentra hoy aquí, precisamente porque el que se supone que iba a ser mi compañero de fatigas no se encuentra aquí en este preciso momento. El doctor ha tenido un inesperado contratiempo…
    -Pero yo…
    -Pero usted, Sr Hyde solo está ocupando una plaza libre que sino la ocupa usted la ocupará otro sujeto. Creo que no hay que decir que está aquí retenido. Por su propia voluntad ha llegado a parar hasta aquí. Por ende si quiere es libre de marchar cuando usted guste.
    -No, prefiero quedarme. Ya llegados hasta este punto.
    -Por la azafata me he adelantado por saber su apellido pero no su nombre. Antes de que diga nada: mi nombre es Mefes Taalis-dijo el extranjero mientras se quitaba el sombrero.
    -Ese acento me resulta familiar. Alemán.
    -Efectivamente. Me he encariñado ya durante demasiado tiempo de casas de cuento y el pintoresco castillo de Baviera. Es usted muy detallista.
    -Por el contrario su nombre me parece casi un enigma.
    -Y lo es al menos para estos tiempos que fluyen. Vengo de un tiempo y año lejano.
    -Soy Hyde como ya sabe. Dorian Hyde. Mucho gusto.
    -El placer es mío pero dejémonos ya de formalismos: es un viaje largo. Debe de haber un tema de interés sobre el cual debatir, ¿no cree?
    -Me preocupa la inminente ascendencia del príncipe; su padre tiene los días contados…
    -¡Mujeres, ni que lo diga!-interrumpió el extranjero.
    -¡¿Mujeres?!
    -Dígame a mí. Siempre confundiendo y mezclando las cosas, los conceptos. Qué problema puede haber que en otro lugar mi Excalibur quiera enterrar y adentrarme en distintas carnes de una joven moza de nívea piel y tiernos manjares. Y fruto rosado aún sin madurar. Pongamos los naipes sobre la mesa. Un asunto es el sexo y otra muy distinta el amor.
    -¡Ni broma con tales temas!
    -Que cuadrado es usted. No tome tanta moral, muy señor mío, no se vaya atragantar.
    -Sabe usted mucho, caballero.
    -Se más por viejo que por…sabio.
    -¿Qué edad tiene usted? No me engañe: usted es joven.
    -¡Oh, querido Dorian! Cuán cuantiosa cantidad es la cifra de mis años. Ni lo imagina, mi temprano amigo. Y pretenderle engañar no trato aun-rio el extranjero-Soy viejo pero me conservo.
    -Si tan viejo es cómo dice ser (y que no lo es, insisto) no le creo, señor mío. He de decir que las apariencias engañan.
    -No podría estar más de acuerdo con usted.
    -Dispénseme caballeros, les traigo él te.
    Se inclinó para servirlo. Parecía que las berzas de la fémina podían derribar las tazas de un instante a otro.
    La puerta corrediza se volvió a deslizar para un lado y otra vez quedaron solo dos individuos en el interior del habitáculo.
    -¿Ha visto?
    -¿Si he visto el que…?
    -No se haga el tonto conmigo, mi querido Dorian. La azafata.
    -¿Si, que ocurrió con la azafata?
    -¿No piensa en ella?
    -¿Debería acaso?
    -No, pero por lo que puedo intuir eso no le resulta un impedimento. La ha visto bien. Examinada la pobre hembra, a grandes rasgos me ha parecido. No me trate de memo que con mis propios ojos lo he visto.
    -Debe de haber una equivocación.
    -Equivocación ninguna, míster Hyde.

    -¡Como voy a pensar en ella! No la conozco y solo es una azafata.
    -No, no la conoce pero eso no le impide imaginarse una escena inundada de concupiscencia con esa gorda tetuda que nos trajo el té. ¡Menudas proporciones! Eso es lo que ha pensado, y no en una casa en el campo, a ella de esposa, niños y perro.
    -Solo es una azafata. ¡Cómo podría!
    -¡Y viva la división de clases y de razas, señor mío! Divide y vencerás. ¿Pero acaso por ser una mera y vulgar trabajadora del personal de tren, por ser una azafata van a estar menos calientes sus carnes?
    -¡Jesús!-exclamó Dorian, horrorizado y el extranjero estornudó de súbito y repitió el señor Hyde-Jesús-para con su estornudo y volvió a estornudar ´´ ¡Achís!
    -Jes…
    -Cállese, cállese. Usted se lo ha imaginado. No lo niegue.
    -¿¡Que insinúa!?
    -Sí, usted, depravado. Sé que le gustaría desvestir a esa rolliza damisela en la sala del carbón, en la locomotora para ver correr su sudor. Tomar sus muslos y metérsela dura en su estrecho y grasiento culo. Mientras a la vez esos titánicos senos oscilan con el galope. La quiere montar. Se la imagina a ella de rodillas. Y con sus manos tendidas sobre el suelo. Usted la quiere sodomizar y sentir en sus manos el tierno y portentoso vientre de esa obesa ramera lasciva de los bajos instintos.

    Mientras que todo esto el extranjero proclamó, ¡señor! No podía dar crédito (Dorian) a lo que escuchaba. Soltaba dispares ademanes de preocupación y mirando con gran alarma a la puerta.
    -¿Tiene miedo de ser escuchado?
    -Ubíquese, caballero ¡Cómo osa!
    -Digo sin temor lo que pienso. Ni que fuese la destrucción del hombre por el hombre. Vaya donde la manceba y trátela con rudeza. Tome una decisión; no vacile: usted lo lograra.
    -No, señor.
    -Ya veo. Igual prefiere a la bella doncella del compartimento número catorce. Abra la puerta. Ahora fíjese, ¿preciosa verdad?
    -Yo no podría…
    -¿Por qué solo una? Eres joven y caballero apuesto y de buena presencia. Atrévase con las dos.
    -No. Y no insista. Pues ni idea se puede usted crear del tema tan delicado del cual trata. No quiero. Ni se le ocurra poner en cuestión ni una vez más mi dignidad y moral. Yo soy hombre recto.
    -No trate de romper complejos que en los espejos se reflejan. No mienta a un mentiroso, hijo. Algo que quiera ocultar no ha de ponerlo tras la moral que es falsa en todos los hombres y en usted en quien más. No enmascare un defecto como virtud. No suspire. Es la balanza. La gracia del hacedor. Mire yo sin ir más lejos.

    Míster Dorian Hyde lo observaba extrañado.
    -Sí, yo. Escucha muchacho: yo ni la mitad de tu puta beldad poseo pero habilidoso el que más soy para con las mujeres. Las encandilo y las encanto. Y tu belleza sin embargo no te acompaña de la destreza para con ellas. Ay, amigo. Pan al que no tiene dientes.
    -Tenga consideración y tacto, señor Mefes.
    -Tiene razón; no quisiera perpetuar una cuerda de piano en tensión en La menor. Dígame, señor Hyde. ¿Cuál es el motivo de su viaje?
    -Un pariente mío ha fallecido: he de ir al funeral a arreglar el papeleo de la herencia. Ya se figurará como son esas diligencias.
    -¿Cuál es el premio, amigo?
    -Un caserón.
    -Ahora joven, soltero (vivirá solo y sin familia además, supongo) y con casa propia. Soltero dorado serás. Lejos de los tuyos y de tu hogar, ¿Por qué no desviarse un poco? Es tu casa, no hay autoridad que debas temer. Pues ese es el pecado solo que no lo has entendido hasta ahora pero déjame: yo te lo explicaré.
    -¿Qué quiere decir?
    -Invita a rufianes y mujeres fáciles y alegres de la vida. Copulad y joded entre vosotros. ¿Qué te lo impide?
    -Me instalaré allí y dedicare mis horas al trabajo para los editores. Y también al cuidado de la casa.
    -La moral no es nada. Lo que importa es que el hombre sepa lo que quiere y a quien ha de pedírselo. Entonces dejara toda virtud atrás a cambio de su deseo.

    Dorian Hyde lo escuchaba cautivo de su elocuencia.


    El extranjero venido de Baviera causaba un contundente influjo sobre el señor Hyde. Atento a cada palabra que el nuevo huésped pronunciaba lo escuchaba como si aquello que proclamaba el alemán fuese dicho por vez primera. Dorian nunca trató algo semejante antes.
    En el huésped se cernía un aura de misterio, un misticismo voraz. Una genialidad devoradora que no dejaba lugar a dudas a nada que el huésped pudiese explicar.
    -La moral es una creencia, señor Dorian. El precio del hombre es una certeza. Y así será para siempre en el efímero trayecto de nuestra historia. Solo hay que saber a quién acudir. Yo aquí he de bajar. Siento que nuestros caminos se han de separar ahora pero presiento que este fortuito encuentro no será el último, señor Dorian. Le deseo éxito en cualquier empresa que se disponga.


    Algo raro le sucedía. Algo que bien lo sentía y sabía que estaba ahí. Era algo que le resultaba poco menos que posible explicar. ¿Pues no son acaso las palabras que condicionan? Limitan y una vez dichas, escritas y expuestas la esencia se pierde. Tras la marcha del huésped, Dorian parecía entender algo que jamás hubiese podido imaginar. Es como si Mefes Taalis le hubiera dado, otorgado un secreto que a ciencia cierta ni el propio señor Hyde conocía y a su vez le hubiese arrebatado algo de lo cual tampoco parecía tener la menor idea.


    El funeral, los individuos, vestidos de negro, las condolencias y el resto de la parafernalia correspondiente a la ceremonia. Pasado ya ello llegó el papeleo, la audiencia con el notario y el resto de parientes. Dorian era el blanco de los otros que su sangre comparten pero en menor medida. La abuela no tenía más fortuna que el caserón el cual le tocó al señor Hyde. Y los primos y tíos de Dorian ardían de envidia pues en la repartición de bienes les tocaron para sus posesiones puras bagatelas que la vieja se había negado a tirar. Una caja de sellos, muñecas de porcelana y artículos de marinero, recuerdos de su difunto marido.

    No tardó como bien dijo en instalarse y trabajar en su nueva propiedad. Su editor esperaba un neo-manuscrito sin embargo no le ató esta vez con fechas límites. Dorian tenía tiempo de sobra para concentrar y ponerse a trabajar. Aunque, curiosamente el tiempo era el problema, le ahogaba y le apretaba. El tiempo le sobraba y no sabía ni que hacer y nada se le ocurría ante el pálido folio. ´´Lo mejor será refrescarse. Dudo de que vengan duendes y me allanen el camino´´.

    Era de madrugada, un lugar pintoresco. Uno de estas que gozan de la llamada paz temporal. Tenía gran interés en subir a alturas, a la colina y estar por encima y alejado de sus comunes. ´´Aquí hallare tranquilidad y el privilegio de contemplar el paisaje a espaldas de la edificación y encima poder disfrutarlo en soledad´´.
    Para con su asombro alguien se hubo adelantado. Una delicada silueta yacía en un remanso de paz apoyada en el tronco de un roble. Le pareció momento de retroceder, de buscar un refugio desolado en otras lejanías de la civilización. Entonces dio un paso atrás con fortuna de pisar un par de ramas secas.

    El crujido sonó cual trueno en una noche de verano. Y la misteriosa silueta se hizo ver. Resultaba una temprana muchacha de inocente belleza; tanto que ni ella parecía percatarse de su beldad. Las muchachas crecen, cuan tiernas flores maduran. Pasan a ser mujeres y en el espejo se contemplan y vuelven a presumirse a ellas mismas en caso de no haber alguien en alrededor de compañía. Ella era una muchacha aún; ni se imaginaba el influjo de su poder.

    Cuantas ganas y oportunidad soportaba en aquel entonces el señor Hyde de poner pies en polvorosa. De voltear sobre sus talones y no echar la vista atrás. De huir de algo que no entiende y que aún menos puede alcanzar. Y por supuesto nada más lejos de la realidad. Sintió impotencia ante la situación de no saber qué hacer ni que decir y volvió en carrera a su morada mientras ella lo divisaba (levantada al pie del roble) alejándose por el horizonte. El crepúsculo de Arkturus se lo llevó con él.

    ´´ ¡Demonios, siempre la misma cantinela! Si tan solo todo lo que quisiera decirla fluyese por mi boca. Tan sencillo parece ser; les he visto a ellos, como los galanes de turno cortejaban (sin gracia) a una y a otra o aquella muchacha. ¿Por qué algo tan sencillo y común para los demás a mí me acelera el corazón y me deja en desaliento?´´. Sus ojos de un tono marrón y miel, su melena lisa y rubia de media medida. Más baja que alta su estampa. Hasta el mínimo rasgo de su imagen quedó prendido en el recuerdo de Dorian.

    Se repetía aquella que era la misma historia de siempre: el agotaría en la noche por ella hasta su último suspiro. La examinaría de soslayo; fantasearía con ella mil y unas vidas distintitas mientras tanto, ella apenas tendría conocimiento de su existencia. El señorito Dorian veía en ella su belleza pero una tarde conversando consigo mismo (para conservar las costumbres) alcanzó una amarga conclusión. Y que de no haber alcanzado mejor para con él hubiese sido al verse la ignorancia casada con el bienestar y la felicidad.


    Dorian no era feliz ni ignorante. Concluyó que el valor de la belleza es mayormente superficial de lo que se podía figurar. Atinó con un dardo para su corazón pensando que apreciaba la belleza de las féminas como el que más debido a que era lo único de lo que él podía dar testimonio. Y como lo peor aún sigue es que, reflexionó y supo que aquello era una virtud menor (como Dorian lo consideraba) debido a que cualquiera podía observar y estar en conciencia de la hermosura de una muchacha.
    Lo realmente bello era el corazón puro de una mujer algo que él nunca podrá conocer ya que había que sumergirse en pareja a un abismo formando un vínculo. Dorian no podría ni dar con el umbral. Aquello requería un acercamiento intimo para con ella.


    Él solo podía conocer la belleza. A vista de cualquiera. Tan limitado resultaba ser Dorian que solo podía permitirse conocer la belleza y no tomarla. Las palabras de Mefes Taalis resonaban cuan campanas: ´´´Todos tienen un precio. Todos tienen un deseo: solo hay que saber a quién pedir´´. A su mente vino un salmo; totalmente desconocido para el que jamás hubo escuchado y lo empezó a recitar. En voz muy baja el sonido casi escapaba al aire.
    Daba vueltas y vueltas por la expansión del salón mientras recitaba aquel misterioso cantico. Los vidrios de las lámparas de aceite quebraron. Las cortinas comenzaron a bailar por si solas sin salirse del perímetro. Lenguas muertes que revivían y retumbaban en cada esquina del caserón. Estaban furiosas.
    Las voces proclamaban con vehemencia e ira pero Dorian no las pudo comprender. Su tez empalideció (aún más que de costumbre).
    Cita Iniciado por Kulsheder Ver mensaje
    No és possible, senyor meu, sinó que aquestes testifiquen que per aquí a prop hi ha d'haver alguna font o corrent que humiteixis; i així, serà bé que anem un poc més endavant, que ja ens trobarem on podrem mitigar aquest terrible somni que ens fatiga, que, sens dubte, causa major pena que la fam.

    Pareciblement, el consell a don Quixot, i, prenent de la rienda a Rocinante, i Sancho del cabestro al seu ass, després d'haver posat sobre ell els rellevants que quedaven de la cena, van començar a caminar pel prat arriba a tiento, perquè La escuritat de la nit no els deixava veure alguna cosa; més, no hi havia hagut de dos passos, quan va arribar als seus ulls un gran soroll d'aigua, com que d'uns grans i elevats riscos es despeñava. Alegróles el soroll en gran manera, i, parant-se a escoltar cap a quina part sonava, van sentir una altra estropa que les aguardava el contingut de l'aigua, especialment a Sancho, que era naturalment medroso i de poc ànim. Vaig dir que sentien que feien uns cops a una compàs, amb un cert cruixit d'atuells i cadenes, que, acompanyats del furiós estrenyiment de l'aigua, feien pudor a qualsevol altre cor que no fos el de Don Quixot.

    Era la nit, com s'ha dit, escura, i ells van aconseguir entrar entre uns arbres alts, cuyas fulles, movidas del blando viento, feien un temorós i manso de son; de manera que la solitud, el lloc, la escuritat, el soroll de l'aigua amb el murmuri de les fulles, tot va causar horror i espanto, i més quan van veure que ni els cops cessaven, ni el vent es dormia, ni el dia arribava; afegint-se a tot això ignorant el lloc on es trobaven. Però don Quixot, acompanyat del seu intrèpid cor, va saltar sobre Rocinante, i, empenyent la seva rodela, va terciar el seu llançó i va dir:

    -Sancho amigo, ha de saber que em vaig néixer, per voler del cel, en aquesta nostra edat d'irro, per resucitar en ella la d'or, o la dorada, com sol anomenar-se. Jo sóc aquell per qui estan guardats els perills, les grans marques, els valerosos fets. Jo sóc, digui altra vegada, qui ha de resucitar els de la Taula Rodona, els Doce de Francia i els Nens de la Fama, i el que ha de posar en oblit els Platires, els Tablantes, Olivantes i Tirantes, els Febos i Belianises , amb tota la caterva dels famosos cavallers andantes del passat temps, fent en aquest que em faig relats grandioses, estrañetes i fets d'armes, que escurien les més clares que van ficar. Bé notes, escuder fidel i legal, les tènues de la nit, el seu estrany silenci, el soroll i la confusió estruendosa d'aquests arbres, el temorós soroll d'aquella aigua en què es buscava venir, que sembla que es despeña i der [r] umba des dels alts muntanyes de la lluna, i aquell incessible copejar que ens fair i lastima els oídos; les quals coses, totes juntes i cada una per si, són bastant infundir el terror, el temor i l'espanto en el pit del mateix Mart, el més en aquell que no està acostumat a semblants esdeveniments i aventures. Perquè tot això que et pinto són incentius i despertadors del meu ànim, que ja fa que el corazon me reviente en el pit, amb el desig que tingui d'abordar aquesta aventura, per més difícil que es mostra. Així, aprieta un poc les cinchas a Rocinante i queda a Déu, i esperem aquí fins a tres dies no més, en els quals, si no volviere, pots tornar a la nostra aldea, i des d'allí, per fer-me merced i bona obra, irás al Toboso, on diràs a la incomparable senyora meva Dulcinea que el seu captive caballero va morir per acometer coses que li fessin dignes de poder anomenar-se a ell.

    Quan Sancho va sentir les paraules del seu amo, va començar a plorar amb l'major tendresa del món i una dècada:

    -Senyor, jo no sé per què vol la teva merced acometer esta tan temerosa aventura: ara és de nit, aquí no ves ningú, bé podem torcer el camí i desviar-nos del perill, encara que no bevem en tres dies; y, doncs no hi ha qui ens veiés, menys hi haurà qui nos nota de cobardes; quant més, que jo he sentit predicar al cura del nostre lloc, que tu merced bé coneix, que qui busca el perill perdi en ell; així, no és bé temptar a Déu acometint tan desaforat fet, on no es pot escapar sinó per miracle; i basta els que ha fet el cel amb la vostra voluntat de lliurar-lo de ser mantingut, com jo vaig anar, i treure'n el vencedor, lliure i salvat d'entre milers d'enemics com acompanyaven al difunt. I, quan tot això no moure ni ablandar aquest dur cor, muévale el pensar i creure que a penes hi haurà la teva merced apart d'aquí, quan jo, de por, dóna la meva ànima a qui vulgui portar-la. Vaig sortir de la meva terra i vaig deixar els fills i filles per venir a servir a la vostra merced, creient valer més i no menys; però, com la cudicia trenca el saco, m'ha tirat les meves esperances, perquè quan més vivies heu de tenir aquella negra i malhadada ínsula que moltes vegades vós em va prometre, em veig que, en paga i trueco della, m'ha volgut ara deixar en un lloc tan apardel tracte humà. Per un sol Déu, senyor meu, que no em faga tal desaguisado; i ja que del tot no vulgui que la seva merced desistís d'acometer aquest dia, dilatelo, a menys, fins al matí; que, a lo que a mi em mostra la ciència que vaig aprendre quan era pastor, no deu haver-hi des d'aquí al alba tres hores, perquè la boca de la Bocina està a sobre de la cap, i fa la mitja nit en la línia de l'arm left. -Com puc tu, Sancho -va dir don Quixot-, veure on fa aquesta línia, ni on està aquesta boca o aquell colòleg que diu, si fa la nit tan fosca que no sembla en tot el cel alguna estrella? -Así és, -va dir Sancho-, però té el por, molts ulls i les coses sota terra, el més en el cel; lloc que, per bon discurs, bé es pot entendre que hi ha poc d'aquí al dia. -Falte el que faltare -respongué don Quixot-; que no se ha de dir per mi, ara ni en cap moment, que tantes i penes em van apartar de fer el que debia a estil de cavaller; i així, tu, Sancho, que calles; que Déu, que m'ha posat en el cor d'acometer ara està tan no vist i tan temerosa aventura, tindrà cura de mirar per la meva salut i consolar la teva tristesa. El que ha de fer és prémer ben les cinchas a Rocinante i quedar-te aquí, que em donaré la volta presto, o viu o mort. Veient, doncs, Sancho la última resolució del seu amo i quant valien molt amb ells els seus llàgrimes, consells i motius, va decidir aprofitar-se de la seva indústria i fer-li esperar fins al dia, si pogués; i així, quan apretaba les cinchas al cavall, amb bonicitat i sense sentit, es va asseure amb el cabdell de la seva ànima ambdós pies a Rocinante, de manera que quan el senyor Quixot es va voler partir, no va poder, perquè el cavall no es podia moure sinó un salts. Veient Sancho Panza el bon succés de la seva embuste, va dir: -Ea, senyor, que el cel, mogut de les meves llàgrimes i pregàries, ha ordenat que no es pugui moure a Rocinante; i si vols volar, i espolear, i deixar-ho, anirà a la fortuna i donar-li coves, com diuen, contra l'aguijón. Desesperábase amb això don Quixot, i, per més que posava les pits al cavall, menys li podia moure; i, sense caure en la compte de la lligadura, va tenir per bé de sosegarse i esperar, o un que amaneciese, o que Rocinante es menease, creient, sens dubte, que aquell venia d'una altra part que de la indústria de Sancho; i així, va dir: -Pues així és, Sancho, que Rocinante no pot moure's, jo sóc content d'esperar a que ría l'alba, encara que jo lloro el que tardarem a venir. -No cal que parlar -va respondre Sancho-, que entretendré a la vostra merced contant contes des d'aquí al dia, si ja no és que es vulgui apagar-se i esgotar-se un poc sobre el verd ierba, un ús de cavallers andantes, per trobar-se més descansat quan arribeu el dia i punt d'acometer aquesta desmembrada aventura que li espera. -¿Què et crides apear o a què dormir? -va dir don Quixot-. Sóc jo, per ventura, d'aquells cavallers que prenen restes als perills? Duerme tu, que vaig néixer per dormir, o fes el que vulguis, que jo faré el que vull que més vingui amb la meva pretensió. No se enoja la teva merced, senyor meu, -va respondre Sancho-, que no ho vaig dir per tant. I, llegant-se a ell, va posar la mà a l'arzón del davant i l'altra a l'altre, de manera que es va quedar embegut amb el dit muscular esquerre del seu amo, sense perdre's apartar-se d'un dit: aquesta era la por que tenia els cops , que encara alternativament sonaven. Digueu-li a don Quixot que contés un conte per entretenerle, com se m'havia promès, a què Sancho va dir que si ho fes si li deixés el temor del que sentia. -Però, amb tot això, em esforçaré a dir una història que, si la veritat és contar i no em van a la mà, és la millor de les històries; i estigueu merèixer atent, que ja ha començat. «Érase que era, el bé que vindria per a tothom, i el mal, per qui fos a buscar ...» I adverteix, senyor meu, el meu mèrit, que el principi que els antics van donar als seus consells no va ser així com ningú , que va ser una sentència de Catón Zonzorino, romà, que diu: "I el mal, per qui fuere a buscar", que ve aquí com anell al dit, perquè la teva merced estigui quiet i no vagi a buscar el mal a cap part, sinó que ens tornem per un altre camí, perquè ningú ens obliga a seguir aquest, on tant ens fan frenar. -Sigue teu conte, Sancho -va dir don Quixot-, i del camí que hem de seguir deixa'm a mi el cuidat. - «Digo, pues -prosseguí Sancho-, que en un lloc d'Extremadura hi havia un pastor cabrerizo, que el pastor o cabrerizo, com diuen, del meu conte, es deia Lope Ruiz; i aquest Lope Ruiz estava enamorat d'una pastora que es deia Torralba, la qual la pastora anomenada Torralba era la filla d'un ramader ric, i aquest ramader ric ... »-Si de manera contas tu conte, Sancho -va dir don Quixot-, repetint dues vegades el que vas dir, no acabaràs en dos dies; seguiu i digueu-ho com a continuació.
    Me acuerdo de vuestras madres cada vez que bajo al último comentario.

    Cita Iniciado por TotallyNewServer Ver mensaje
    y porque el esternón?
    Yo hubiera preferido el esternocleidomastoideo.

    Cita Iniciado por Kolbo. Ver mensaje
    Es domingo?
    En el relato es sábado, pero como si lo fuera. El domingo de resaca no se cuenta.
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  15. #15
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    Cita Iniciado por Madafaca Ver mensaje
    Buenas tardes!

    Acabo de llegar animado por el anonimato que me da este foro.

    He escrito un relato corto y busco un poco de crítica y consejo, es algo deprimente y me da palo enseñárselo a conocidos, así que espero poder aprovecharme de vosotros.

    Ahí va:

    Otra noche

    Estoy sentado en la mesa de un bareto, el de siempre, con mis amigos, los de siempre. Sobre ella, un juego de cartas, cuatro Coca-Colas y un vodka lima.

    La música estridente y el ambiente, amarillo oscuro, no permiten la comunicación, no permiten pensar. Uno juega su mano con desánimo y espera su turno. Parece que he ganado.

    Termino mi bebida.

    Como premio, voy a la barra, pido Stairway To Heaven y otro vodka lima. Me giro a observar a mis compañeros. Todos rien, comentan la jugada y reparten cartas, otra vez.

    No lo entiendo, me digo, pasarán hasta las cuatro de la mañana ahí sentados, jugando al mismo juego, bebiendo la misma mierda y riendo. Cada viernes igual, cada sábado igual. Anhelan terminar sus cinco días de rutina para entregarse a dos de monotonía.

    Bebo, disfruto de la canción, pienso en la triste vida de mis amistades y observo el ecosistema.

    A mí alrededor se encuentra la misma gente de cada semana. Beben lo mismo, se ríen de los mismos chistes y mantienen las mismas conversaciones, incluso se sientan en los mismos lugares. Me siento como en un infierno, obligado a revivir el mismo aburrimiento cada noche.

    Termina la canción, pido Iron Man y otra copa.

    Quedan dos horas para cerrar el bar, irme a casa y dormir hasta el lunes. Sólo de pensarlo me desmorono.

    Ponte el traje, coge el coche, sonríe a tus compañeros, sonrie a tus clientes, vuelve a casa, sonríe a tu madre y prepárate para repetir mañana. Así es, fue y será cada puñetero día de mi vida.

    Pido otra copa.

    Pienso en la jubilación, en lo tarde que llega y en la escasa recompensa. Me veo solo, sentado frente a un televisor, esperando una muerte que no llega.

    Ironico es, que asqueado de trabajar, termine yo hastiado de la vida del parado.

    Por esta reflexión, me merezco yo otro trago.

    A veces creo que lo único que necesito es dolor. Un frenazo, un golpe sordo y una punzada que suba por el espinazo, curando cada una de mis inquietudes o una enfermedad que me postre y me obligué a luchar por algo que sé que no existe.

    Ella debería saberlo, saco el móvil y pido otro cubata.

    Maldita puta, ramera, zorra, infiel, infame, no hay médico que cure tu daño ni alcohol que te ahogue.

    No sé si escribo, pienso o grito, puede que me haya pasado, puede que necesite otro combinado.

    Alguien me llama, me giro y miro sin ver al desconocido de mi amigo. Me dice, ya nos vamos, y yo le sonrio, sonrio al camarero, sonrio a mis compañeros, sonrio a mi madre, sonrio a mi vida y sonrio, de nuevo, a otra puta mañana.
    Me ha gustado bastante el estilo en el que está escrito el relato (conciso, ameno, nada pedante) pero consideró bueno retocar algunas cosas.

    El protagonista es un derrotista pero no nos dice haber luchado de algún modo por revertir su situación. Existe abundante narrativa sobre la épica de la derrota pero en ella el "héroe" siempre ha de luchar el protagonista hasta llegar a la conclusión de que no puede hacer nada al respecto
    Dondequiera que huya es el infierno,
    pues yo soy el infierno (John Milton)
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